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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 120

Mientras el médico preguntaba, no podía evitar mirar de reojo al hombre imponente y de aura gélida que llevaba unas gafas sin montura, y su tono de voz se volvió automáticamente más respetuoso.

Valentina esquivó discretamente la mano que rodeaba su cintura. —Ha disminuido bastante. Solo me da zumbido cuando veo a gente insoportable o me obligan a hacer cosas que detesto. Como en este preciso momento.

El doctor casi se atraganta con su propia saliva. La indirecta de la paciente era tan afilada como un bisturí.

A quién iba dirigida, no se atrevía ni a adivinarlo.

Se aclaró la garganta y murmuró: —Bueno... intentar mantener un buen estado de ánimo siempre ayuda a la recuperación.

—Gracias, doctor. Lo tendré en cuenta.

Apenas Valentina se puso de pie, esa misma mano volvió a aferrarse a su cintura, jalándola con fuerza hacia un lado y sacándola a rastras del consultorio.

Al llegar al pasillo, Sebastián la soltó, solo para atraparla de la muñeca. —¿A dónde vas?

—A un lugar donde mis oídos puedan descansar en paz.

—¿A buscar a tu querido Daniel?

Valentina ignoró su sarcasmo tóxico y le devolvió el golpe: —¿No se suponía que el señor Correa no tenía tiempo libre hasta el próximo año? Qué curioso encontrarlo de paseo por el hospital. No me diga que vino exclusivamente a buscarme... si es así, qué detallazo. Ya se puede ir.

Esa lengua afilada y venenosa dejaba claro por qué era la mejor reportera del canal de televisión.

Sebastián clavó la mirada en ella. Sus oscuros ojos parecían cubiertos por una espesa neblina, ocultando cualquier rastro de emoción.

Sin prestarle más atención, Valentina dio media vuelta hacia los ascensores, pero de repente se detuvo.

Giró de nuevo hacia él, obligándose a bajar la guardia. —Mira, Sebastián, no me importa en qué punto esté nuestra guerra personal, pero ¿podemos dejar mi trabajo fuera de esto? Solo necesito treinta minutos de tu tiempo para la entrevista. ¿Qué ganas tú haciéndome la vida imposible?

—¿Cuándo he intentado hacerte la vida imposible? —respondió él con frialdad absoluta.

Los ojos de Valentina se iluminaron. —Bien. Entonces fijemos una hora. ¿Puede ser hoy en la tarde?

Sebastián no pasó por alto el movimiento disimulado de su mano; ella tenía el teléfono en el bolsillo, grabando la conversación para acorralarlo y obligarlo a cumplir su palabra.

—En la tarde no puedo. Tengo una junta directiva crucial —dijo él, sin inmutarse.

Capítulo 120 1

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