Entrar Via

La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 124

Aquella declaración tan enfermiza e intensa lo había dejado helado cuando la escuchó.

Ricardo, con tono de sermón, continuó:

—¿Cuándo lo habías escuchado decir palabras tan duras? Olvídate de ella de una vez y búscate a alguien más.

Mientras hablaba, impregnó un hisopo con medicina e intentó aplicarlo sobre las heridas de Daniel.

Pero Daniel le apartó la mano de un manotazo.

—¿Te crees que soy como tú, que puede cambiar de mujer como de camisa sin sentir nada?

—¡Oye, una cosa es que insultes a Sebastián, pero a mí no me faltes al respeto! —le reclamó Ricardo, señalándolo con el dedo—. Si no me hubiera metido hoy, ¿tienes idea de lo feo que se habría puesto el asunto? ¿Acaso no te enseñaron que la esposa de tu amigo se respeta?

Aunque conocía la versión vulgar de ese dicho que circulaba entre su grupo, no se atrevería a decirla frente a Daniel en ese momento.

Si Daniel perdía los estribos, Sebastián reaccionaría el doble de mal. Y si los tres se dejaban llevar, ¿qué quedaría de su hermandad?

Daniel miró sus propias manos. Su rostro, siempre pulcro y sereno, ahora estaba marcado por los golpes.

—Nunca voy a renunciar a Valentina. Esperé tres años para que ella decidiera darse por vencida. Si Sebastián no quiere darle el divorcio, lo obligaré a hacerlo.

Ricardo inhaló profundamente, asustado.

—¡Te volviste loco de remate!

—Mira, olvidemos a Sebastián por un momento. Hablemos de Valentina. ¿Ella sabe lo mucho que la quieres? ¿Crees que te va a aceptar? ¿Tienes idea del precio que vas a pagar para forzar a Sebastián a firmar ese divorcio? Y si al final ella te rechaza, ¿valdrá la pena todo este desastre?

Daniel guardó silencio por unos largos segundos. Ricardo pensó que por fin había entrado en razón.

Pero entonces, Daniel lo miró y le preguntó:

—¿Tienes cigarros?

—¿Para qué? Tú no fumas.

A pesar de la queja, Ricardo sacó una cajetilla y un encendedor del bolsillo.

Daniel encendió el cigarrillo y le dio una calada lenta.

—Si vale la pena o no... eso solo lo decido yo.

¡Y Ricardo casi se creyó que lo había hecho entrar en razón!

Sebastián no tocó los cubiertos. Se limitó a sentarse a la cabecera de la mesa y abrió el periódico. Isabela sabía desde siempre que él tenía esa costumbre anticuada; decía que le lastimaba menos la vista que estar mirando pantallas.

—¿Valentina de verdad no va a volver a vivir aquí? —preguntó ella como quien no quiere la cosa, mientras tomaba un sorbo de sopa.

Sebastián ni siquiera levantó la vista del papel.

—¿Por qué la mencionas?

Isabela se quedó de una pieza, bajó la mirada y siguió comiendo en silencio.

El ambiente en el comedor se volvió sepulcral.

Al terminar de cenar, Isabela miró a través de los enormes ventanales. La lluvia caía sin tregua, y las luces del jardín parecían envueltas en un manto de gasa brillante. Soltó un suspiro dramático.

—La lluvia está empeorando.

Solo entonces, Sebastián levantó la mirada y observó el exterior.

—Sí. Deberías irte a casa temprano.

Isabela apretó los puños bajo la mesa. ¿De verdad no había entendido su indirecta?

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido