—Si tantas ganas tienes de quedarte, pues quédate.
Una voz perezosa y cristalina resonó desde el otro extremo del comedor.
Valentina solo había regresado para buscar algo que había olvidado. No esperaba encontrar a Sebastián en casa, y mucho menos a Isabela Campos.
Y definitivamente no se esperaba que Sebastián fuera tan falto de tacto. Su amiguita de la infancia estaba a nada de rogarle que la dejara pasar la noche allí, y él se hacía el difícil mandándola a su casa. La situación era para morirse de risa.
Isabela pareció sentirse profundamente humillada por ese comentario, sobre todo al ver los ojos burlones de Valentina, cargados de sarcasmo.
Apretó los labios y se justificó:
—Valentina, lo estás malinterpretando. En ningún momento tuve la intención de quedarme.
Valentina se encogió de hombros, sin darle la menor importancia.
—Ah. ¿Y entonces?
—Ya me iba —dijo Isabela, mirando al hombre sentado frente a ella. Él mantenía una expresión fría e inalterable, como si la llegada de Valentina no le hubiera causado ni la más mínima perturbación.
—Sebastián, recuerda lo que te dije. Ten cuidado de no mojarte la herida.
Él soltó un seco asentimiento, dobló el periódico y dirigió una mirada casual a Valentina.
Sus ojos se encontraron de golpe. Valentina bufó con desdén y apartó la vista.
—Si esperas a mañana para venir a cuidarlo, la herida ya habrá cicatrizado sola.
Al mediodía estaba en perfectas condiciones, ¿de dónde había sacado esa herida ahora?
Pero no le importaba preguntar. Él ya tenía a su adorada Isabela para curarle los males. Ella solo venía a recoger sus cosas y largarse.
Sebastián la observó subir las escaleras con el rostro endurecido y ensombrecido.
Cuando Valentina bajó de nuevo con sus cosas, Sebastián estaba de pie bajo el pórtico, apoyado en su bastón. El auto de Isabela acababa de salir por el portón.
Valentina ni siquiera se acercó a él; caminó directamente hacia la puerta lateral.
De repente, el teléfono de Valentina y el de Sebastián sonaron al unísono.
Ante semejante coincidencia, Valentina miró instintivamente a Sebastián, y él hizo lo mismo.
La pantalla de ambos mostraba el número de la Hacienda Correa.
Sebastián contestó de inmediato. Del otro lado se escuchó la voz angustiada de Don Alberto:
El coche entró en el camino de entrada de una lujosa mansión.
La familia Figueroa era conocida en los círculos de poder. Aunque Francisco Figueroa era profesor universitario, poseía un paquete de acciones de las empresas familiares, y los dividendos que recibía cada año superaban con creces su salario académico.
Por ello, llevaba una vida de primer nivel.
Isabela entró a la casa. Al escucharla llegar, Francisco bajó las escaleras, desenrollándose las mangas de la camisa.
—¿No dijiste que venías mañana?
Isabela notó que sus pasos eran un tanto erráticos y apresurados. Sabía que su simple visita no debería causarle tanta inquietud. Instintivamente, echó un vistazo hacia el segundo piso antes de volver a centrarse en él.
—El tiempo es oro, tío. Preferí venir a cerrar este asunto cuanto antes —la mirada de Isabela se detuvo en las mangas ligeramente húmedas de su camisa—. Valentina quiere ir como corresponsal extranjera a la República de Eldoria. Necesito que la ayudes a conseguirlo.
El profesor Figueroa frunció el ceño con confusión.
—¿Tú quieres ayudar a Valentina?
Valentina era la mujer que se había casado con el hombre que Isabela amaba. Ella había tenido que irse del país para curar las heridas de su corazón. ¿Cómo iba a estar dispuesta a perdonar y ayudar a su rival tan fácilmente?
—Sé perfectamente lo que estás pensando, tío.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Habrá acrualizacion.....