Ese pequeño piecito tenía la piel roja y arrugada, exactamente como el de un recién nacido.
Valentina no sabía mucho de bebés, y desde el aborto que había sufrido el año anterior, ni siquiera se atrevía a mirar fotos o videos de niños. Aun así, tuvo la ligera impresión de que este pie era más pequeño de lo normal.
¿Por qué Sebastián tendría una foto de un pie de bebé en su cuarto? ¿Acaso era de cuando él nació?
Le dio la vuelta a la imagen y vio que en el reverso, escrito con un trazo firme y decidido, había un solo apellido: *Correa*.
Nada más.
Valentina volteó la foto de nuevo para observar la huella. A su lado, Capitán acercó la cabeza y, como imitando a Valentina, se quedó mirando la foto mientras dejaba salir unos leves gruñidos.
Afuera, la lluvia había amainado un poco. La Hacienda Correa era una casa de estilo colonial, con ventanas altas; las gotas, arrastradas por el viento, golpeaban el cristal produciendo un constante y suave murmullo.
De repente, la puerta de la habitación emitió un leve chirrido ¡y se cerró de un portazo!
—¡Guau! —Capitán se dio la vuelta rápidamente y le ladró a la puerta.
Una sombra oscura permanecía de pie en el umbral, oculta en la penumbra.
Valentina se puso de pie de un salto, presionando una mano sobre el lomo de Capitán y apretando la fotografía con la otra. Su corazón latía a mil por hora y su respiración se entrecortó mientras miraba fijamente aquella figura.
De golpe, la luz de la habitación se encendió.
El grito de "¡fantasma!" que estaba a punto de soltar se le quedó atorado en la garganta. Aún pálida del susto, miró al hombre que estaba allí: Sebastián, con sus lentes sin armazón y sus ojos oscuros, inescrutables.
Capitán, como si nada, pasó corriendo por su lado y empezó a dar vueltas alrededor de Sebastián, moviendo la cola.
Sebastián clavó en Valentina una mirada cargada de intenciones.
—¿Planeabas dormir aquí esta noche?
—No te equivoques, Capitán entró sin querer y yo solo vine a sacarlo —explicó ella rápidamente. Le dio unas palmadas a Capitán en el lomo y se dispuso a salir.
La sangre se le subió a la cabeza a Valentina. ¡¿En qué momento se había quejado de que él no la tocaba?!
¡Por ella, ojalá no la tocara nunca más en su vida!
—¡Capitán, atácalo! —le gritó Valentina a todo pulmón al pastor alemán.
Capitán corrió al borde de la cama, levantó la cabeza y... le soltó un par de ladridos alegres a Sebastián, dando vueltas sobre sí mismo con total entusiasmo.
Valentina frunció el ceño. *¡Maldito perro inútil! ¡Solo me tengo a mí misma!*
Comenzó a forcejear con todas sus fuerzas. Su rodilla debió de golpear algo sensible, porque Sebastián aflojó el agarre por una fracción de segundo. Ella no lo pensó dos veces: se escabulló de debajo de él, saltó de la cama y corrió hacia la puerta como si su vida dependiera de ello.
Capitán salió detrás de ella, trotando felizmente con el bastón de Sebastián en la boca.
Sebastián se sentó lentamente en el borde de la cama. Observó a Valentina huyendo despavorida y al perro, que claramente había heredado la terquedad de su dueña. En el fondo de sus ojos, oscuros como un lago profundo, se formó una leve onda de diversión; una sonrisa tan tenue que resultaba casi imperceptible.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Habrá acrualizacion.....