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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 130

No fue hasta que escuchó el portazo desde la habitación contigua que apartó la mirada lentamente y recogió de la cama la fotografía que Valentina había tirado por la prisa.

La alisó con los dedos, quitándole las arrugas, observó de nuevo la huella del piecito de bebé y, sin darle más importancia, la guardó bajo la almohada.

...

A los pocos minutos de regresar a su cuarto, el teléfono de Valentina sonó. Era una llamada del profesor Figueroa.

Al colgar, soltó un largo suspiro.

El profesor le había confirmado que su nombre ya estaba incluido en la lista de solicitudes para ir a Eldoria.

No había que ser un genio para saber que Isabela había movido los hilos por detrás.

De no ser por ella, era imposible que el profesor le diera luz verde tan rápido.

*Quién lo diría, dos enemigas a muerte encontrando un punto en común...*, pensó. Era algo digno de verse, y lo más irónico era que ella misma fuera la protagonista del acuerdo.

Pero al menos ya tenía una salida asegurada.

Con su historial académico y su experiencia profesional, pasar la revisión final no sería ningún problema.

Eso significaba que, en menos de mes y medio, estaría volando hacia la República de Eldoria con el equipo de prensa internacional.

Por tres años... o quizá más.

Valentina se tumbó en la cama, apoyando la cabeza en una mano mientras con la otra sostenía el teléfono. Miró a Capitán, que estaba echado en el suelo mordisqueando distraídamente el bastón de Sebastián, y sintió un vacío repentino en el pecho.

Se quedó dormida así, encima de la colcha, con la mente divagando. Había un tenue y relajante aroma en el aire, y en poco tiempo cayó en un sueño profundo.

Ni siquiera notó que la puerta de su habitación se abrió desde el pasillo.

Capitán, que estaba a punto de dormirse, se irguió de golpe. Paró las orejas y fijó su mirada alerta en la entrada. Soltó un leve gruñido, pero al instante volvió a echarse y cerró los ojos.

Arturo asintió.

—Sí, ya está adentro. Siempre es muy puntual.

Para ser justos, las habilidades de combate de Arturo eran más que suficientes para enseñarle defensa personal, pero él se negaba en rotundo. Tenía pánico de lastimar los frágiles brazos o piernas de Valentina y que luego Mateo le exigiera cuentas. Para algo tan físico, preferían buscar ayuda externa.

Valentina se recogió el cabello en una coleta y se dirigió hacia una de las salas privadas.

Un hombre de hombros anchos y complexión robusta estaba sentado de lado en el sofá. Cuando ella entró, se estaba ajustando unos guantes de cuero negro.

Tenía la cabeza inclinada; una gorra ocultaba la mitad superior de su rostro, mientras que la parte inferior estaba completamente cubierta por un cubrebocas negro.

Al sentir su presencia, él volteó. Sus ojos, de un marrón intenso, se posaron sobre ella con una frialdad indiferente.

Se escuchó un clic metálico cuando terminó de ajustar el cierre magnético del guante.

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