Entonces, ¿desde que sonó el primer disparo, él no se había separado de ella ni un segundo?
¿No que se iban a divorciar?
¿No que Valentina se largaría del país?
¡¿Por qué demonios seguía pegada a su Sebastián?!
Muerta de celos, le gritó a su escolta: —¡Ve a ayudar a los hombres de los Correa a matar a esos infelices! ¡Yo estaré bien aquí!
—Pero, señorita...
—¡Te dije que vayas, maldita sea!—, rugió Isabela. Apretó los puños con tanta fuerza que se clavó las uñas en las palmas. Nada calmaría el odio visceral que sentía en ese momento.
Pero justo en ese instante, una ráfaga de balas cortó el aire. El escolta se interpuso para cubrirlas. —¡Corran, llévenla adentro rápido!
La empleada empujó la silla de ruedas a toda velocidad hacia los pasillos del asilo.
Al girar en una esquina, la empleada tropezó con una manguera de jardín. Soltó un grito, resbaló y se estrelló de cabeza contra el borde de una jardinera de concreto, quedando aturdida en el suelo.
...
Los disparos comenzaron a disminuir. Lucas había asegurado a la Matriarca y, junto con el resto del equipo de seguridad, rodearon y sometieron a los asaltantes sobrevivientes.
El ataque había terminado.
Pero justo cuando todos empezaban a suspirar aliviados, los terroristas que habían sido capturados comenzaron a convulsionar violentamente en el suelo.
Valentina retrocedió asustada, chocando directamente contra el pecho de Sebastián. El brazo de él apretó su cintura aún más fuerte.
En cuestión de segundos, la media docena de mercenarios que quedaban con vida dejaron de temblar y quedaron paralizados, con los ojos en blanco.
Muertos.
Lucas se agachó para revisar a uno de ellos y su rostro palideció.
—¡Tenían cápsulas de veneno en los dientes! ¡Se suicidaron!
—¡Ayuda! ¡La señorita Isabela está herida!
La empleada apareció corriendo, llorando y manchada de sangre: —¡Señor Correa, ayúdela, por favor! ¡Le dieron un balazo, está perdiendo mucha sangre!
Valentina volteó. Isabela estaba semiinconsciente en su silla de ruedas. Su costoso abrigo de lana blanca estaba empapado de un rojo vivo a la altura del hombro, y su rostro estaba blanco como el mármol.
Al escuchar los gritos, Isabela entreabrió los ojos y, al ver a Sebastián, una chispa de luz apareció en su mirada moribunda. Sus labios pálidos temblaron en una débil sonrisa.
—Sebastián... estás a salvo... qué alivio... estaba tan preocupada por ti...
Valentina sintió que el agarre en su muñeca se tensaba. Se mordió el labio.
Un segundo después, exactamente como ella lo esperaba, los dedos de Sebastián se abrieron, soltándola por completo.
El viento helado envolvió la piel desnuda de su brazo donde antes estaba el calor de él.
Se quedó allí, de pie, viendo la ancha espalda del hombre alejarse corriendo hacia donde estaba Isabela Campos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Habrá acrualizacion.....