Valentina respiró agitadamente, intentando despejar su mente.
¿Qué estupideces estaba pensando en este momento?
Ambos hombres no tenían nada que ver el uno con el otro. Era simple coincidencia que los dos fueran combatientes letales y sanguinarios.
Aein, por el rabillo del ojo, notó el hilo de sangre resbalando por la barbilla de Valentina producto de los vidrios rotos. Apretó los puños, ajustó el velcro de sus guantes de cuero y una sed de sangre aterradora brilló en sus ojos oscuros.
Recogió un tubo de acero del suelo. Los atacantes dudaron por un segundo, intercambiaron miradas, ¡y se lanzaron todos juntos contra él!
Eran demasiados.
Valentina sintió que el pánico se apoderaba de ella.
Por muy bueno que fuera Aein, era imposible pelear contra veinte personas a la vez. Toda la autopista estaba llena de motociclistas armados.
Además, él no podía defenderse con toda su destreza, ya que la mitad de sus movimientos estaban enfocados en no alejarse de la puerta del auto para protegerla a ella.
Si esto seguía así, Aein terminaría muerto y Arturo masacrado en la retaguardia.
De repente, el rostro de Valentina se puso tenso.
Una navaja afilada se clavó en el brazo derecho de Aein.
El ambiente cambió de golpe; Aein reaccionó con frialdad, tomó la mano del atacante y, con un movimiento rápido, le dobló la muñeca hacia atrás. Se escuchó un "crack" y la navaja terminó clavada directo en el pecho del agresor.
Arturo logró salir del cerco y corrió hacia ellos.
—¡Señor J! —gritó Arturo.
Aein le lanzó una mirada fría y, con un gesto, le indicó que fuera a proteger a Valentina por la otra puerta del auto.
Valentina entendía que ese no era el momento de hacerse la valiente. Sabía que, con sus pocas habilidades, si salía del auto terminaría siendo aplastada, así que prefirió quedarse quieta, esperando a que Aein y Arturo resolvieran el problema.
Aun así, no podía evitar preocuparse; del otro lado había demasiados enemigos.
Valentina ya había llamado al número de emergencias, pero las patrullas brillaban por su ausencia.
Cuando vio a un atacante lanzar un navajazo directo hacia él, supo que no podía quedarse sentada esperando el milagro.


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