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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 169

Al ver la profunda admiración y el asombro en los ojos de la mujer, que ahora brillaban con una renovada confianza en sí misma, Aein, a través del guante táctico, apretó lentamente el puño.

¡Inspirada por ese diez perfecto, Valentina se llenó de un espíritu combativo inquebrantable!

—¡Uaaaah! —Dio un par de vueltas con el brazo a modo de estiramiento y sacudió los dedos—. Si hoy no hago un diez... Bueno no, un ocho... Mejor un cinco... Tsk...

Al diablo.

Por fin, Valentina declaró con sensatez: —Si no le atino por lo menos dentro del círculo del dos, hoy no me voy a casa.

Al oírla murmurar sola, Aein se quedó a un lado observándola en silencio, hasta que por fin volvió a levantar el arma.

Sin embargo, después de que ella disparó dos tiros más sin siquiera tocar la zona del dos, Aein le agarró de pronto la mano y le quitó la pistola.

Valentina lo miró desconcertada. —¿Qué pasa?

Aein tecleó una línea en su teléfono: [Tus tímpanos aún no han sanado por completo. Si disparas por mucho tiempo, vas a sufrir daños.]

Era cierto. Sus oídos seguían en proceso de recuperación.

Si Aein no se lo hubiera recordado, la adrenalina de disparar habría hecho que se le olvidara por completo.

Un momento.

—¿Cómo lo sabes? —Valentina lo miró con los ojos entrecerrados y llenos de sospecha.

Los dedos de Aein se movieron rápidamente sobre la pantalla: [Me lo dijo Arturo.]

Así que era eso. Tenía sentido, de lo contrario, no había forma de que Aein supiera lo de sus oídos.

En ese momento, el celular de Valentina, que estaba en su bolso deportivo a un lado, empezó a sonar. Ella se acercó, abrió la cremallera y sacó el teléfono.

Era Arturo; su quinta llamada desde que empezó la tarde.

Y así, Arturo había tenido que tragarse su frustración, viendo cómo Aein se llevaba a Valentina y lo dejaba a él solo frente al viento, sin permitirle acompañarlos.

Ahora, al escuchar el tono casi al borde del llanto de Arturo, Valentina lo consoló: —Ya vamos de regreso al gimnasio.

Por la noche, Aein condujo a Valentina hasta su casa. Arturo y otros guardaespaldas los seguían de cerca en otro vehículo.

Justo cuando estaban a punto de entrar al complejo residencial, un coche deportivo apareció de la nada en dirección contraria y se atravesó en la entrada, bloqueándoles el paso.

El guardia de seguridad en la garita asomó la cabeza por la ventanilla. Murmurando maldiciones, estaba a punto de salir a mediar, pero el estruendo del claxon del deportivo lo asustó tanto que volvió a meterse.

La ventanilla del deportivo bajó y Valentina reconoció un rostro bastante familiar.

Al mismo tiempo, sonó su celular.

Valentina deslizó el dedo para contestar. En la línea se escuchó la voz de Nicolás Correa, cuyo tono era indescifrable: —Valentina, baja del auto. Tengo que hablar contigo.

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