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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 170

—Ya que llamaste, ¿por qué no me lo dices por teléfono y ya? —Valentina no soportaba la actitud teatral de Nicolás.

—Te lo diré cara a cara.

Valentina suspiró exasperada. Con el teléfono en una mano, usó la otra para desabrocharse el cinturón de seguridad.

De pronto, una mano enguantada con tela elástica negra la detuvo por la muñeca.

Valentina parpadeó, levantando la vista para encontrarse con la mirada profunda y oscura de Aein.

Sabía que Aein estaba preocupado por su seguridad; después de todo, si él no hubiera llegado a tiempo al puente aquella noche, las consecuencias habrían sido impensables.

Le sonrió y le dijo para calmarlo: —Es Nicolás Correa. Crecimos juntos. Puede que sea un dolor de cabeza, pero no me va a hacer daño.

La llamada no se había cortado. Esa declaración de confianza absoluta se transmitió palabra por palabra a través del celular hasta los oídos de Nicolás, en el coche de enfrente.

Los nudillos de Nicolás, que sujetaban el teléfono, se pusieron blancos por la fuerza con que apretó. Cerró los ojos un instante y colgó.

Valentina bajó del auto, pero Nicolás seguía sentado en el suyo.

Ella puso los ojos en blanco, fastidiada. Con el frío que hacía, apretó el paso y se acercó a su ventana.

Fue entonces cuando Nicolás por fin bajó de su coche.

Llevaba un cigarrillo encendido entre los dedos. Vestía solo un suéter negro muy fino, con la otra mano metida en el bolsillo del pantalón, adoptando vaya a saber qué pose de tipo duro.

Valentina no estaba para esos teatros: —Habla rápido.

—¿Y todos estos guardaespaldas? —Nicolás dio un paso al frente y echó un vistazo por detrás de ella.

Apestaba a tabaco. Sus ojos estaban inyectados en sangre y tenía un aspecto inusualmente abatido. Quién sabe en qué se había metido antes de venir.

Ella no pudo evitar fruncir el ceño, pero igual le respondió: —Tengo enemigos buscándome.

—Otra vez atrayendo a la gente equivocada por culpa de tu porquería de trabajo, ¿verdad?

Eso sí que no lo iba a tolerar. Podía decirle que su trabajo era peligroso, que sobrestimaba sus capacidades, ¡pero no le iba a permitir que le dijera "porquería de trabajo"!

—Si solo viniste a lanzarme veneno, ya te puedes largar.

El rostro de Nicolás se tensó. Apretó el cigarro entre los labios y, de repente, se lo sacó y lo arrojó al suelo con furia. ¡Saltaron chispas por todos lados!

—¡Valentina, te juro que te estás buscando la muerte!

La expresión de Valentina se volvió glacial. Estaba a punto de gritarle, pero al ver el estado de ira de Nicolás, una sospecha terrible cruzó por su mente.

Y nunca, jamás, lo aceptaba.

—No lo quiero —rechazó secamente.

Pero de repente, Nicolás la agarró de la mano y le embutió el estuche a la fuerza. —Es una pulsera. Tardé muchísimo en elegirla. Si te atreves a tirarla, me las vas a pagar.

Sin embargo, apenas terminó de hablar, Valentina hizo el además de tirarlo lejos.

El rostro de Nicolás se descompuso: —¡Tú...!

Pero resultó ser una finta. Valentina simplemente lanzó el estuche por la ventana abierta hacia el asiento del conductor del coche de él.

—No quiero tus regalos. Apestas a cigarro de forma asquerosa, ya vete.

Dicho esto, dio media vuelta para caminar hacia la camioneta de Aein.

De repente, Nicolás la agarró de la muñeca y, poniéndose cara a cara con ella, le siseó con ferocidad: —Cuando cumpliste dieciocho años y Sebastián Correa celebró tu cumpleaños... ese lugar que tú misma elegiste... te regaló una asquerosa figura de arcilla y tú la atesorabas como si fuera el santo grial. Yo siempre te doy joyas invaluables, y ni siquiera te dignas a echarles una mirada.

Súbitamente, Nicolás sintió una mirada de hielo clavándose en su espalda. Por puro instinto, levantó la cabeza para buscar su origen, pero no encontró nada extraño.

Aprovechando ese segundo de distracción, Valentina se soltó de un tirón. Con el ceño fruncido y harta de todo, le gritó: —¡Y a ti qué te importa! ¡En aquel entonces a mí me daba la gana hacerlo!

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