Esto es...
La fotografía mostraba a un joven Sebastián, de unos diez años de edad.
Justo detrás de él se encontraba una pequeña niña que se aferraba con fuerza a la esquina de su camisa. Tenía una expresión traviesa y pícara, sus mejillas regordetas y un rostro precioso, como tallada en jade.
Valentina se quedó estupefacta.
¡Esa era... ella!
No recordaba en absoluto haberse tomado una foto con Sebastián.
En la imagen abrazaba a un pequeño oso de peluche marrón. Lo había perdido el mismo día que su familia cayó en la bancarrota y tuvieron que abandonar su gran villa en el oeste de la ciudad.
Lo que significaba que la foto tuvo que haber sido tomada antes de la quiebra de la familia Vargas.
Pero, ¿por qué no lograba recordarlo?
—Ah, esta... —la abuela le quitó la fotografía y la observó bajo la luz de la ventana. Se acomodó sus gafas de lectura, examinó la imagen un momento y suspiró nostálgica—: Es una foto de hace mucho, mucho tiempo.
Observó el rostro claramente fastidiado de Sebastián y la expresión traviesa de la pequeña Valentina, y soltó una carcajada.
Con un dedo, le tocó cariñosamente la frente a la joven: —Tú, pequeña revoltosa... ¡Eras tan pequeña en ese entonces! Déjame pensar... ah, claro, tendrías unos cinco años. Una cosita tan minúscula, y te negabas a soltar a Sebastián. Le dijiste que, de grande, querías ser su esposa. Y quién iba a decir que eso se convertiría en tu mayor obsesión.
Valentina no apartaba la vista de la foto, pero su mente seguía en blanco.
Claro que, de niña, no había sido muy despierta, y los recuerdos de cuando tenía cinco años eran casi inexistentes.
Al intentar marcharse de la Hacienda Correa, se topó de frente con Nicolás Correa, quien la acorraló en la sala del primer piso.
Nicolás no pronunció una palabra, solo clavó sus ojos en ella. Esa mirada, que usualmente estaba cargada de una burla cínica, ahora la acechaba como la de un halcón cazador.
—Fuiste a buscar a Sebastián anoche, ¿no?
Valentina no creía en las coincidencias. Era evidente que él había regresado a la mansión justo en ese momento porque la tenía vigilada.
—¿Tienes a gente siguiéndome?



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido