Antes, Fausto pensaba que ella era solo una periodista común y corriente. Eliminarla habría requerido apenas una orden; ni siquiera habría tenido que ensuciarse las manos.
Pero resultó que era la esposa de Sebastián Correa.
Eso lo volvía mucho más interesante.
Hacía años, cuando Sebastián estuvo en el ejército, operó como agente encubierto en la frontera durante seis meses. En ese tiempo, desmanteló gran parte de las operaciones de Fausto y le costó muchos hombres.
La venganza es un plato que se sirve frío, y Fausto había esperado pacientemente la oportunidad para cobrarle esa deuda con intereses.
Dicen que hasta los más grandes héroes sucumben ante la belleza, y Sebastián no era la excepción.
La verdadera pregunta era, ¿quién era su verdadera debilidad? ¿Esta esposa legítima o su antigua novia, la señorita Isabela?
La intriga le producía una inmensa satisfacción.
Hojeó los documentos de Valentina. Además de ser la mujer de Sebastián, era alguien que brillaba con luz propia; su currículum y profesionalismo eran del más alto nivel en su industria.
Finalmente, su mirada se detuvo en el nombre del difunto padre de la periodista.
Padre: Vicente Vargas.
Fausto le dio una calada a su cigarrillo y exhaló el humo lentamente.
Mientras la neblina gris se disipaba ante sus ojos, entornó los párpados y soltó una carcajada lúgubre.
Conque Valentina era su hija.
...
Al salir de la Hacienda Correa, Valentina se dirigió a la estación de televisión.
Cuando bajó de su vehículo, tuvo la extraña sensación de que alguien la estaba observando.
Cerró la puerta de un portazo y revisó el entorno a través de los espejos, pero no vio a nadie.
Desde los intentos de secuestro y asesinato que había sufrido, se había vuelto mucho más paranoica. Ella lo llamaba instinto de supervivencia; definitivamente, no quería morir.
En cuanto entró al gran vestíbulo de la televisora, esa extraña sensación se esfumó por completo.


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