El cielo negro y opresivo se fundía con el mar embravecido; una inmensa cortina oscura se expandía amenazando con tragarlo todo a su paso.
Al observar esa escena apocalíptica, el corazón de Valentina latía desbocado.
—¡La tormenta ya está aquí, apúrense! —ordenó Lucas.
Con rápidos movimientos, los guardaespaldas evacuaron el yate por completo.
Sebastián, aferrando contra su pecho a la mujer que de otro modo saldría volando por los fuertes vientos, corrió hacia el interior de la casa.
Al principio, solo podían iluminar el lugar con linternas tácticas, pero afortunadamente el faro llevaba poco tiempo abandonado. El viejo generador de la casa estaba estropeado, pero después de que Lucas lo arreglara en tiempo récord, las luces del refugio se encendieron.
Por lo visto, los ocupantes anteriores se habían ido con mucha prisa. En los armarios abiertos todavía había algo de ropa, y en la mesa del comedor descansaban platos y cuencos cubiertos de polvo con restos oscuros de lo que alguna vez fue comida.
Por suerte, el lugar estaba prácticamente vacío, lo que facilitó la limpieza rápida.
Colocaron a Daniel en una pequeña habitación del primer piso, recostado sobre dos mesas improvisadas que formaban una especie de "camilla".
Valentina asomó la cabeza para mirar, pero una figura bloqueó su visión.
Sebastián, con el rostro inexpresivo, dijo: —Lucas necesita quitarle la ropa para extraer la bala.
Valentina no entendió cuál era el propósito de esa advertencia, pero estaba genuinamente preocupada por Daniel. —Esperaré afuera.
—Señor Correa, el segundo piso ya ha sido limpiado un poco, pero la cama lleva mucho tiempo sin usarse... —comenzó a informar un guardaespaldas.
Sebastián miró a la terca mujer a su lado y levantó una mano para interrumpirlo: —Trae un saco de dormir.
Todas las sillas de la casa estaban rotas. Valentina se envolvió fuertemente en su abrigo militar e iba a apoyarse contra la pared, cuando un brazo fuerte se aferró a su cintura y un pecho sólido y caliente se presionó contra su espalda.
Ella se tensó por completo; no necesitaba girarse para saber quién era. El acelerado e inexplicable palpitar de su corazón la hizo bajar la mirada, sintiéndose fuera de lugar.
Valentina asintió y comenzó a subir los peldaños.
Detrás de ella, escuchó los pasos firmes y pausados de Sebastián siguiéndola.
La escalera metálica resonaba con cada paso que daba, desestabilizando aún más los latidos de su corazón.
La puerta de la habitación del segundo piso estaba abierta. En el poco tiempo que tuvieron, los hombres la habían dejado bastante limpia; solo había una cama y un escritorio rústico.
Valentina entró en la habitación y escuchó cómo la puerta se cerraba a sus espaldas.
—Valentina... —la voz ronca y profunda del hombre pronunció su nombre.
Ella se giró por instinto. Al mismo tiempo que sintió la agitada respiración del hombre muy cerca, una mano grande, cálida y áspera sujetó con fuerza su nuca.
Sebastián inclinó la cabeza y la besó con una intensidad abrumadora.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Habrá acrualizacion.....