Los labios y los dientes de Valentina temblaban mientras el hombre irrumpía en su boca con una intensidad feroz, acorralándola sin piedad.
Sujetándola firmemente por la nuca, apoyó su frente contra la de ella. A través de sus dientes apretados, una voz ronca emergió: —¿Esas basuras te tocaron?
El aliento ardiente del hombre estaba a punto de asfixiarla. Como si hubiera olvidado todo lo demás, ella respondió dejándose llevar por el instinto: —No...
Sebastián clavó su mirada en los ojos enrojecidos de la chica. Justo cuando ella iba a hablar de nuevo, él, con la respiración agitada, bajó la cabeza y volvió a devorar esos labios que habían recuperado su color.
Afuera de la pequeña casa blanca, el viento huracanado arrastraba una lluvia torrencial. Las olas se elevaban cada vez más alto, algunas de hasta treinta metros, rompiendo contra la costa con un estruendo aterrador, como si la isla estuviera siendo devorada por serpientes marinas gigantes. Todo el terreno temblaba bajo la furia del océano.
La luz de la habitación del segundo piso se apagó. Las ropas cayeron desordenadas al suelo.
Sebastián arrinconó a Valentina contra la pared.
—Valentina...
En la oscuridad, era imposible distinguir el rostro del otro.
—¿Por qué... por qué viniste a salvarme? —La voz de ella era entrecortada; apretaba los dientes para no dejar escapar el mar de dolor y frustración que llevaba dentro.
¡No debiste venir a salvarme, Sebastián!
¡No debiste venir!
¡¿Qué se supone que haga ahora?! ¡¿Qué quieres que haga?!
Sus uñas se clavaron en la espalda y los hombros del hombre. Lágrimas ardientes rodaron por sus mejillas y cayeron sobre los musculosos y fuertes brazos de él, resbalando por los contornos de su piel hasta golpear el suelo.
Sin pronunciar una palabra, Sebastián la levantó por las piernas para que rodeara su firme cintura. Sus movimientos se volvieron aún más salvajes y desesperados, impidiéndole decir una sola palabra más.
Al notar las intenciones del hombre, Valentina empujó su pecho con las manos en la oscuridad. Con los ojos inundados en lágrimas, sollozó:
—En el fondo, ¿es que tú sientes un poco de...?
—¡Cállate!
En la penumbra cambiante de la habitación, el rostro de Sebastián se ensombreció. Aferró la nuca de Valentina con fuerza y la obligó a besarlo para asfixiar las palabras que estaban a punto de brotar de su boca.
El viento aullaba como una bestia herida y los cristales de la ventana crujían como si fueran a estallar.
Pero en la ciudad de Miramar, el tiempo seguía su curso habitual.
Ese era el día en que daban de alta a Isabela Campos. Había esperado en su habitación de hospital hasta la tarde, pero nadie de parte de Sebastián apareció a recogerla.
La cuidadora comentó entusiasmada: —¿Cree que el mismísimo señor Correa vendrá a buscarla en persona?
Sin duda, así sería. Dada la devoción que él le mostraba, definitivamente iría a buscarla el día de su alta.
Tenía que poner muy bonita a la señorita Campos.
Corrió a abrir el armario del hospital, sacó dos conjuntos de ropa de Isabela y se los mostró. —Este conjunto blanco es precioso. A usted el blanco le queda hermoso, la hace ver como un ángel intocable.
Las palabras aduladoras de la cuidadora no lograron alegrar el ánimo de Isabela.
Por el contrario, sus manos se apretaron nerviosas sobre la manta. Estaba inquieta y ansiosa; tenía el presentimiento de que algo muy malo había pasado.
Una oscura premonición se apoderó de ella.
Y para empeorarlo todo, esa cuidadora torpe e inoportuna no dejaba de parlotear halagos vacíos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Habrá acrualizacion.....