—Señorita Campos, ¿qué le parece? Permítame ayudarla a cambiarse.
Mientras hablaba, hizo ademán de apartar la manta que cubría las piernas de Isabela.
¡De pronto, Isabela le propinó una sonora y violenta bofetada en la cara!
—¡Estúpida, no me toques!
La cuidadora quedó aturdida por el golpe; toda la sangre abandonó su rostro.
¿Qué había dicho mal? ¿Qué había hecho mal?
—Señorita Campos, yo solo quería ayudarla...
Pero al toparse con la mirada sombría y venenosa de Isabela, sintió un escalofrío que le erizó la piel. Se tragó de golpe las palabras que iba a pronunciar.
¿Acaso esta era la misma señorita Campos, tan dulce, refinada y gentil de siempre?
¡Parecía que le habían cambiado el alma por la de un demonio!
Isabela respiró hondo, apretando los puños con fuerza, y, conteniendo su rabia, ordenó: —Ve a buscar a alguien y averigua si el barco de la familia Zamora ya atracó.
Sin atreverse a dudar un segundo, la empleada sacó rápidamente su teléfono y llamó para averiguarlo.
Poco después, le devolvieron la llamada.
Isabela no podía oír lo que decían del otro lado del teléfono.
Solo vio cómo el rostro de la empleada se descomponía con cada segundo que pasaba. Al colgar, la miró aterrada.
Isabela clavó sus ojos en ella, como si estuviera a punto de asesinarla. —¡Habla ya!
—El barco... el barco atracó anoche. Pero el señor Correa, él... él no volvió...
La voz de la cuidadora temblaba cada vez más; continuó a trompicones: —Dicen que le pasó algo a Valentina. Unos hombres la secuestraron en altamar, y el señor Correa se llevó a sus mejores guardaespaldas en un helicóptero para rescatarla, señorita Campos...
La mirada de Isabela tembló erráticamente.
Con los ojos vacíos, tanteó sobre la cama hasta encontrar su teléfono y marcó el número de Sebastián.
La operadora indicó que estaba fuera de servicio.
Marcó el número de Lucas, pero la respuesta fue la misma: fuera de área de cobertura.
¡Así que Sebastián no había ido a recogerla porque estaba rescatando a Valentina!
Valentina se recargó contra la pared y respiró profundamente. Fue entonces cuando notó que su cuerpo, y especialmente *esa* zona, no dolía tanto como imaginó que dolería. Al mirar de reojo hacia el suelo, vio una caja de agua embotellada usada a la mitad y, de pronto, lo entendió todo.
Sebastián la había limpiado cuidadosamente mientras dormía.
Abrió el saco de dormir, se levantó y se acercó a la ventana. El mar había inundado casi por completo los alrededores de la isla, pero como la casa estaba en una zona alta, el agua no había logrado entrar.
Aunque el cielo seguía amenazadoramente gris, el oleaje era mucho menor. Sin duda, la tormenta terminaría pronto.
Su estómago gruñó con fuerza. Estaba muerta de hambre.
Sentía que podía comerse un jabalí entero.
Podía soportar cualquier cosa, pero el hambre la enloquecía.
Recordó que entre los suministros de rescate que habían bajado del helicóptero y el yate había comida en el primer piso.
Abrió la puerta y se dispuso a bajar las escaleras, pero al llegar al primer escalón, escuchó una voz débil: era Daniel.
¡Había despertado!
Sin embargo, antes de poder alegrarse, escuchó cómo Daniel tomaba aire con dificultad y preguntaba con tono sombrío: —¿Es que en el fondo de tu corazón amas a Valentina?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Habrá acrualizacion.....