Aquellas palabras, frías y despiadadas, atravesaron el corazón de Valentina como una espada de hielo.
—¡No… quiero ver a la abuela! Déjame verla una última vez…
Lucas Ortiz miró a Sebastián con expresión grave. El hombre no se volteó; sus nudillos, apretados a los costados, estaban blancos por la tensión y emanaban un aura aterradora.
Lucas apartó la mirada, dio un paso adelante y bloqueó a Valentina, que intentaba lanzarse hacia la habitación. —Señora, por favor, salga.
—¡No! Valentina forcejeó, agarrando la muñeca de Lucas con todas sus fuerzas, su voz desgarrada. —¡Te lo suplico, Lucas, déjame pasar! ¡Tengo que verla! Déjame verla, te lo ruego…
Con el rostro tenso, Lucas negó en silencio, la tomó del brazo y se dispuso a sacarla.
Pero de repente, Valentina se dejó caer de rodillas. —No entraré, no entraré a verla. Pero por favor, no me echen. Puedo quedarme arrodillada afuera de la sala de velación, a lo lejos. Solo no me echen…
Al verla de rodillas, Nicolás Correa se acercó con el rostro desencajado por la furia.
Sin embargo, Diana Correa lo apartó de un empujón y caminó rápidamente hacia Valentina para ayudarla a levantarse.
Al ver a la tía Diana, Valentina rompió en un llanto incontrolable. —Tía, quiero ver a la abuela, déjame verla…
—Valentina—, trató de calmarla Diana, con los ojos enrojecidos. —Estás demasiado alterada. Acabas de ser rescatada y ni siquiera has podido descansar. Ve a reposar un poco. Sebastián está destrozado por la muerte de su abuela y no está pensando con claridad, dale un poco de tiempo para procesarlo. Hazme caso.
Valentina negó con la cabeza, sin dejar de llorar.
Nadie más lo sabía, pero la abuela había muerto del dolor y la impresión tras descubrir la verdad: que el padre de Valentina había asesinado a los padres de Sebastián. Su cuerpo debilitado no pudo soportarlo.
El estado de ánimo de Sebastián jamás mejoraría.
Desde el interior de la habitación, la voz gélida de Sebastián tronó: —¡Sácala de aquí!
Las lágrimas de Valentina cayeron pesadamente al suelo. Se soltó de las manos de Diana y corrió tropezando hacia el pasillo, dejándose caer de rodillas frente a la puerta abierta con un golpe seco. —Sebastián, te lo suplico…

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