Al día siguiente, apenas amanecía.
El celular vibró y Sebastián Correa abrió los ojos.
Bajó la mirada hacia la mujer que dormía profundamente, acurrucada en sus brazos. Había dormido muy pesado, casi sin moverse en toda la noche.
Apartó las cobijas para levantarse y salió de la habitación antes de contestar la llamada.
Al otro lado de la línea, se escuchó la voz ansiosa de Mateo Solís intentando explicarse:
—Valentina, ayer tuve un problema en casa que debía resolver...
—Ella sigue durmiendo —lo interrumpió Sebastián con frialdad.
Hubo un silencio de varios segundos antes de que Mateo estallara:
—¡Estás enfermo, Sebastián! ¡Fuiste tú quien la echó de la casa en primer lugar!
El hombre respondió con voz gélida:
—Yo nunca la eché de la familia.
Mateo apretó los dientes. El día que falleció la Matriarca Correa, Sebastián no dejó que Valentina entrara a la Hacienda Correa.
—Estás jugando con las palabras, ¿verdad? Lo hecho, hecho está. ¡Si no la reconoces como tu esposa, déjala ir de una vez!
Sebastián estaba de pie frente a la puerta de cristal que daba a la terraza, cuyos bordes estaban cubiertos por una fina capa de escarcha.
Sus ojos parecían haberse contagiado de ese mismo hielo.
—Apenas puedes con tus propios problemas y todavía tienes tiempo para meterte en los de ella. ¿No crees que estás cruzando la línea como su amigo?
La última palabra llevaba un tono amenazante y sombrío.
Mateo se burló:
—¿Estás celoso? Déjame decirte algo: si los dos cayéramos al agua al mismo tiempo, ¡estoy seguro de que ella me salvaría a mí primero! Bip, bip, bip...
El tono de ocupado al otro lado de la línea dejó a Mateo con una sensación de rabia atorada en la garganta, sin poder tragar ni escupir.
Tras colgar, Sebastián dio media vuelta y regresó a la habitación. Cuando abrió la puerta, Valentina ya se había despertado.


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