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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 247

El mayordomo le hizo una seña a Capitán, y el perro corrió a su lado, mirándolo hacia arriba.

—Desde que usted se casó con el señor Correa, yo me encargaba de Capitán. En la Hacienda Correa no dejaba que nadie más lo tocara, así que me lo traje. Ya que usted está aquí, dejaré que le haga compañía.

Valentina sintió un cálido consuelo en el corazón. No le dijo a Don Alberto que, al día siguiente, cuando la familia de Flora se llevara sus cenizas y sus cosas, ella también planeaba abandonar Villa Esmeralda.

...

Al atardecer, Isabela Campos terminó de bañarse.

Cuando su cuidadora entró, ella ya llevaba puesta la bata de baño, atando con agilidad el cinturón.

La mujer la levantó en brazos, la sentó en el borde de la cama y, mientras le secaba el cabello, le comentó:

—Señorita Campos, hoy vi en las noticias que mataron a esa molesta ama de llaves de Villa Esmeralda.

Isabela se arreglaba las uñas con indiferencia.

—¿Ah, sí? ¿Cómo murió?

—Dicen que fue horrible, le destrozaron la boca a golpes —la empleada sintió un escalofrío al recordarlo. Era espantoso.

Isabela soltó una risita burlona y le quitó el secador de las manos.

—Yo me lo seco.

—Entonces iré a limpiar el baño.

La mujer se dio la vuelta y entró al cuarto de baño.

Isabela sostenía el secador con una mano y se acomodaba el cabello con la otra, mientras el ruido del motor llenaba la habitación.

La empleada salió con el cesto de la ropa sucia. Revisó algunas prendas y preguntó extrañada:

—Señorita Campos, ¿por qué parece que sus calcetines tienen manchas de sangre?

El ruido del secador se detuvo de golpe.

Un silencio perturbador llenó la habitación.

Isabela soltó un suspiro y dijo en tono neutro:

—Tíralos.

En ese momento, se escuchó el motor de un auto entrando al patio.

Normalmente, nadie iba a la Villa de los Recuerdos.

A Isabela se le iluminaron los ojos y su rostro adoptó una expresión de coquetería.

—Quiero invitar a Sebastián Correa a cenar para pedirle un trato comercial. Tú vas a ser quien lo invite.

Isabela apretó los dedos con fuerza, pero su rostro no reveló nada.

Ella misma había querido cenar con Sebastián y no había encontrado la oportunidad, y ahora ese privilegio se lo había llevado Valentina. Esa humillación aún le ardía en el pecho.

Hizo un gesto con la mano.

—Retírense todos.

La empleada y los guardaespaldas salieron de la sala.

Humberto tomó una taza de té de la mesa y bebió con lentitud.

—¿Acaso la familia Correa no te dio muchos proyectos comerciales? —La sonrisa de Isabela se volvió fría—. Fueron contratos que gané a costa de perder mis piernas. ¿Todavía no es suficiente?

—Humberto Campos, dime algo: de todo lo que tienes, ¿qué has conseguido por tus propios méritos?

Humberto se detuvo con la taza en el aire.

La voz sarcástica de Isabela llenó la habitación.

—Antes obligaste a mi madre a meterse en la cama de otros hombres, y ahora quieres usarme a mí para conseguir contratos. Con lo cobarde e inútil que eres, ¿cómo es que no te da vergüenza seguir respirando?

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