El rostro de Humberto se ensombreció de inmediato.
—¿Cómo lo supiste...?
—Je.
Isabela soltó una risa gélida.
—Con razón siempre me odiaste desde que era niña. Después de que murió mi madre, ni siquiera me mirabas a la cara. En aquel entonces solía preguntarme qué había hecho mal.
»Hasta que un día casi chocamos en las escaleras. Me pateaste, me hiciste caer y casi me estrangulas. Ahí fue cuando por fin entendí que no solo me despreciabas, sino que me odiabas.
Isabela se inclinó hacia él, observando su rostro descompuesto de rabia, y continuó con una sonrisa ligera:
—Todo porque soy la semilla que quedó después de que enviaste a mi madre a la cama de otro hombre.
»No soy tu hija... ¡Soy tu humillación!
—¡Suficiente! —rugió Humberto estrellando la taza contra el suelo. La porcelana blanca se hizo añicos y el té manchó la costosa alfombra.
La agarró del cuello con furia, mostrando una expresión salvaje.
—¡Maldita basura, por qué no te mueres de una vez!
Isabela se vio obligada a echar la cabeza hacia atrás, pero sus ojos vacíos no mostraban vida, y en su rostro no había ni un ápice de miedo.
—¿Cómo ibas a dejar que me muriera? Al fin y al cabo, salvé a Sebastián Correa. Soy la carta de oro que tienes en tus manos.
»Humberto Campos, si fueras un verdadero hombre, me estrangularías aquí mismo. —Isabela comenzó a reír lentamente.
—¡Maldita! —Humberto la arrojó al suelo con furia.
Las palmas de Isabela se cortaron con los fragmentos de porcelana, pero ella parecía no sentir ningún dolor.
Humberto tomó un par de pañuelos de papel para limpiarse las manos, los hizo bola, se los tiró encima y la amenazó:
—¡Si no consigues este contrato, echaré los restos de tu madre a los perros!
Al ver la espalda de Humberto alejarse, el rostro sombrío de Isabela esbozó una sonrisa macabra.
...



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