La cuidadora vio que aún quedaba más de la mitad de la avena en el tazón. Era una receta preparada especialmente para combatir su anemia, con ingredientes extremadamente valiosos.
Había que admitir que el señor Correa realmente se esmeraba con la señorita Isabela; el costo de una sola de esas comidas superaba los gastos mensuales de cualquier familia promedio.
Recordó la advertencia que Sebastián le había hecho tiempo atrás: si la anemia de Isabela no mejoraba, la echaría a la calle.
Con tono sumiso, rogó:
—Señorita Campos, coma un poquito más, por favor. Si el señor Correa se entera de que comió tan poco, se va a preocupar mucho.
Tal como esperaba, la sola mención de Sebastián funcionó.
Isabela volvió a tomar la cuchara. En ese instante, un ruido extraño provino del exterior.
Un rugido de motor se acercaba a toda velocidad, en dirección directa a la casa.
Valentina miraba fijamente la casa que tan bien conocía. Cada ladrillo y cada teja albergaba los recuerdos de su familia. Frente a ella estaba el viejo portón de hierro, oxidado por los años, que no soportaría un impacto fuerte.
¡Pero sabía que si no lo derribaba, esa puerta jamás volvería a abrirse para ella como cuando era niña!
Con el rostro petrificado, apretó los dientes y pisó el acelerador a fondo. El portón, antes cerrado a cal y canto, fue embestido violentamente. Con un estruendo metálico ensordecedor, se abrió de golpe, obligando a los guardaespaldas del interior a retroceder a trompicones.
El motor rugía como una bestia salvaje mientras el auto irrumpía en el patio. Valentina giró el volante hábilmente, evitando atropellar a nadie. Frenó de golpe, abrió la puerta y bajó de un salto, siendo rodeada de inmediato.
El líder de los guardaespaldas era uno de los subordinados de Lucas Ortiz. Valentina lo reconoció.
—¡Quítate de mi camino!
—Señora, no puede entrar.
Sabiendo que harían lo imposible por detenerla, no perdió el tiempo con palabras y se lanzó al ataque.
El guardia no esperaba que Valentina tuviera conocimientos de defensa personal.
Desde el interior, detrás de los ventanales de piso a techo, Isabela entrecerró los ojos.
Aunque los guardias no se atrevían a lastimar a la esposa de su jefe, los movimientos de Valentina eran ágiles. ¿Cuándo había aprendido a pelear?
Justo cuando los guardias se disponían a inmovilizarla sin causarle daño, Valentina le arrebató el arma de la cintura a uno de ellos y se apuntó directamente a la sien.
—¡Señora Correa! —exclamaron los hombres, palideciendo.
Con una frialdad aterradora, Valentina sentenció:

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido