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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 266

Todo sucedió en una fracción de segundo. Nadie tuvo tiempo de reaccionar.

Incluso Valentina tardó en procesarlo. Miró la sangre que brotaba de su mano, sintiendo todo el brazo entumecido.

No sentía dolor, solo veía ese rojo intenso.

Una gota tras otra caía entre las grietas del suelo de piedra, filtrándose en la tierra.

Era pleno día, pero el cielo parecía haberse oscurecido. La sombra del alero cayó pesadamente sobre Valentina, envolviéndola en un frío sepulcral.

Giró la cabeza para mirar a aquel hombre, que sostenía el arma humeante con expresión gélida y los labios apretados. Y entonces, comenzó a sentir una punzada desgarradora, pero no venía de su mano herida.

Ese hombre, que alguna vez disparó para salvarla de unos secuestradores, acababa de dispararle a ella.

Todo porque intentó hacerle daño a Isabela.

Al ver el brillo acuoso que asomaba en los ojos de Valentina, el rostro de Sebastián se volvió aún más sombrío. Arrojó el arma al suelo con furia y avanzó a grandes zancadas hacia ella.

Una oleada de odio inundó el pecho de Valentina. Miró el arma que había salido volando y se abalanzó hacia ella sin pensarlo. Pero antes de que pudiera rozarla, ¡unos brazos fuertes la atraparon desde atrás!

—¡Valentina! —rugió Sebastián con voz ronca.

Al ver que no podía alcanzar la pistola ni zafarse, levantó la pierna y pateó una maceta de cerámica vacía directamente hacia la silla de ruedas de Isabela.

La silla de ruedas estaba en una pequeña rampa. La maceta golpeó las ruedas, haciéndolas resbalar. La silla perdió el equilibrio y volcó por el borde. ¡Isabela cayó aparatosamente al suelo!

Su cuerpo impactó contra el piso con un ruido sordo. Lanzó un grito de dolor mientras sus palmas raspaban la grava, provocando que brotaran pequeñas gotas de sangre.

—¡Señorita Campos! —gritó la cuidadora, horrorizada.

¡Mateo había perdido litros de sangre! ¡Esos rasguños no eran nada comparados con lo que él había sufrido!

Tomó una bocanada de aire tembloroso. Las lágrimas amenazaban con caer, pero se obligó a contenerlas con todas sus fuerzas.

Durante todo este tiempo, llegó a pensar que ya no entendía a Sebastián. A pesar del odio que había entre sus familias, él había tomado un helicóptero para rescatarla. Ella había construido un muro infranqueable a su alrededor, pero los pequeños detalles y cuidados de él eran como flechas en llamas golpeando ese muro, creando grietas.

Pero ese disparo, que vio con absoluta claridad, cortó de tajo todos esos absurdos sentimientos.

Fue como si hubieran derramado concreto fresco sobre el muro: no solo tapó las grietas, sino que lo hizo indestructible.

Ya no quedaba ni la más mínima duda.

—Para qué me molesto en decir todo esto... —murmuró, con los ojos enrojecidos y una sonrisa amarga—. Aunque Isabela me matara con sus propias manos, tú no le tocarías ni un solo cabello.

Los ojos oscuros de Sebastián la miraban fijamente, con el ceño fruncido en una maraña de emociones frías e indescifrables.

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