Por el rabillo del ojo, Sebastián vio cómo la cuidadora ayudaba a Isabela a volver a la silla de ruedas. Su voz sonó tajante:
—Llévala adentro. ¡Y sin mi orden expresa, Isabela no pondrá un pie fuera de esta casa!
Agarró a Valentina con firmeza por la cintura y la sacó de la Villa de los Recuerdos a la fuerza.
En el auto, tras luchar frenéticamente, todo se volvió negro para Valentina. Su conciencia se desvaneció y su cuerpo se desplomó sin fuerzas.
Las lágrimas que había estado conteniendo finalmente escaparon, deslizándose por su rostro en una línea continua.
Los brazos de Sebastián, rígidos por la tensión, acogieron su cuerpo frágil.
Con una mano la sostuvo por el hombro para que apoyara la cabeza contra su pecho, y con la otra sujetó su mano manchada de sangre. Sus ojos oscuros irradiaban un frío aterrador y sombrío.
El auto aceleró, alejándose de la Villa y dirigiéndose directamente hacia Villa Esmeralda.
En la amplia cama de la habitación principal, Valentina yacía inconsciente. Su cuerpo hundido en las suaves sábanas hacía que su rostro, ya de por sí pequeño, se viera aún más pálido y frágil.
Después de revisarla, el médico se dirigió al hombre que permanecía sentado al borde de la cama, envuelto en un aura gélida.
—Señor Correa, su esposa no tiene nada grave. El desmayo fue producto del impacto emocional y el estrés extremo. Despertará en un rato.
Estrés extremo.
Los ojos de Sebastián se oscurecieron aún más. Tomó un algodón con antiséptico y comenzó a limpiar la herida en la mano de ella.
—Salgan todos —ordenó con voz grave.
El médico, Don Alberto, Lucas y Ricardo salieron de la habitación uno por uno.
Ricardo había ido a buscar a Sebastián porque tenía avances sobre algo que le pidió investigar, y como era difícil explicarlo por teléfono, decidió ir personalmente a Villa Esmeralda.
Sin embargo, apenas llegó, Sebastián salió de improviso y, al regresar, traía a Valentina desmayada y herida en brazos.
—¿Qué diablos pasó? ¿Cómo se lastimó Valentina? —le preguntó a Lucas en cuanto cerraron la puerta.
La mirada de Lucas vaciló por un instante, y su expresión se volvió inescrutable.
Valentina parpadeó, y las imágenes de lo que había ocurrido antes de desmayarse inundaron su mente como una ola furiosa.
Una sonrisa de desprecio se dibujó en sus labios.
—Hipócrita.
Se sentó de golpe, ignorando el mareo que le daba vueltas a la cabeza, y de un manotazo tiró al suelo la bandeja con el yodo y las gasas que estaba en la mesita de noche.
Todo se desparramó por el piso. El frasco de yodo, que estaba destapado, derramó su contenido oscuro manchando la madera.
Le disparaba y luego le curaba la herida.
¿Qué diferencia había entre eso y matarla para luego recoger su cadáver?
Lo había olvidado. Esa era la táctica favorita de Sebastián: darle una bofetada y luego ofrecerle un dulce. ¡Y pensar que ella había llegado a dudar por culpa de ese caramelo envenenado! ¡Qué estupidez!
Sin siquiera mirarlo, Valentina apartó las sábanas para levantarse. El movimiento tiró de la herida en su mano, pero apenas frunció el ceño.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Habrá acrualizacion.....