Cuando Ricardo escuchó a Sebastián decir que la médula ósea de Isabela era muy importante para él, soltó sin pensar:
—¿Tú la necesitas?
Pero apenas salieron las palabras de su boca, quiso darse una bofetada. ¡Qué idiotez estaba diciendo!
Sebastián estaba fuerte como un toro. Si alguien necesitaba un trasplante de médula, sin duda padecía una enfermedad en la sangre. Él no parecía enfermo en absoluto.
Sebastián se quedó mirando la colilla apagada en el cenicero, con los ojos ensombrecidos, sin responder a la pregunta.
Desde que eran niños, Ricardo siempre había odiado esa actitud obstinada. Si algo bueno pasaba, al menos lo mencionaba. Pero si había un problema, jamás abría la boca; se lo guardaba todo y lo resolvía en las sombras antes de que alguien notara que algo andaba mal.
A veces temía que un día Sebastián explotara por guardarse tantas cosas.
La sed de venganza por los padres de Valentina, la médula de Isabela... Eran cosas que jamás habría imaginado. ¿Quién sabría cuántos secretos más escondía?
¡Sentía que se volvía loco de la intriga!
—Vale, vale, no te voy a preguntar. Confío en que si tomaste esta decisión, tienes tus motivos. Pero...
El apuesto rostro de Ricardo se llenó de preocupación.
Esa terquedad de Daniel también era un dolor de cabeza.
Ricardo midió sus palabras con cuidado antes de hablar.
—Ernesto Zamora ya lleva varios días detenido bajo investigación. Ya sufrió lo suyo. Podrías dejar de asfixiar a los negocios de su familia.
Ver a Daniel trabajando a marcha forzada lo preocupaba. ¡Temía que le diera un infarto!
Aunque él y Sebastián se conocían de toda la vida —sus madres eran mejores amigas y tenían fotos juntos tomados de la mano desde que eran bebés—, también habían crecido con Daniel.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Habrá acrualizacion.....