Aún intentaba bromear, pero al notar que el estado de ánimo de Sebastián era sombrío, borró la sonrisa y lo siguió escaleras abajo.
No fue hasta que llegaron a la planta baja y se aseguró de que nadie arriba pudiera escucharlos, que bajó la voz:
—Isabela pagó para que mataran a alguien. Si Mateo Solís no se hubiera atravesado, Valentina podría estar muerta. ¿De verdad vas a encubrirla?
Sebastián encendió un cigarrillo. La sangre de su mejilla había desaparecido, dejando solo una expresión glacial y severa.
No dijo una sola palabra, solo fumó en silencio.
Tras unos segundos, apagó el cigarrillo y dijo con tono críptico:
—La médula ósea de Isabela es muy importante para mí.
Ricardo se quedó paralizado.
…
Después de que Sebastián se llevara a Valentina de la Villa de los Recuerdos, la familia Solís envió a sus hombres a rodear el lugar. Con el poder de los Solís, secuestrar a Isabela de allí no habría sido difícil.
Pero cuando llegaron, la casa estaba vacía.
El líder del equipo llamó de inmediato a Miguel Solís.
Al otro lado de la línea, la voz de Miguel sonó calmada y pausada:
—Parece que Sebastián realmente piensa protegerla.
Era evidente que Sebastián había trasladado a Isabela. Seguramente, después de interrogar personalmente a la sospechosa el día anterior, lo había dejado todo preparado. Pocos podían anticipar los movimientos de un hombre tan calculador, y Miguel lo sabía bien.
—No creo que la hayan sacado del país en tan poco tiempo. Sigan buscando, debe seguir en Miramar.
Tras colgar, Miguel se giró hacia la cama de hospital. Mateo estaba despertando. Se acercó y se inclinó sobre él.
—Mateo.

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