El rostro de Ricardo palideció de golpe ante esa teoría. Su tono se volvió fiero: —¿Estás seguro?
¿Quién tendría las agallas de envenenar a la Matriarca de la familia Correa?
Era conocida por su temperamento amable, su generosidad, sus obras de caridad y el buen trato hacia sus empleados. El día que falleció, no hubo un solo sirviente en la casa que no llorara su partida.
Él mismo solía ir a la Hacienda Correa a jugar desde niño. Cuando se quedaba dormido, ella lo cargaba con ternura y bromeaba diciendo que lo adoptaría como su propio nieto. De adulto, ella lo invitaba a comer constantemente.
Su muerte aún le pesaba; en el fondo sentía un dolor genuino y mucha nostalgia.
Y al recordar que Lucas le había dicho que la Abuela prohibió la asistencia de Valentina al funeral, también se sintió confundido, por lo que no se acercó a Valentina en la puerta trasera, solo le mandó unos cojines para que no pasara frío.
¡¿Quién había sido tan perverso como para envenenarla?!
—No tengo pruebas definitivas —admitió Sebastián, dejando el reporte en la mesa—. Especialmente porque no tenemos ni un solo rastro.
Mientras la Abuela estuvo viva, todos sus exámenes médicos salieron perfectos, incluyendo los de sangre. Nadie sospechaba un envenenamiento.
Pero descartando medicamentos y radiación —ya que Don Alberto y los demás empleados habrían enfermado al estar expuestos—, la única respuesta lógica era veneno.
Investigar algo así con la víctima ya fallecida iba a ser muy complicado.
Ricardo se quedó pensativo. —Tendremos que indagar en secreto. ¿Cuándo empezó a sentirse mal?
—El veinte de diciembre fue al hospital para un chequeo. Antes de eso, ya llevaba una semana sintiéndose indispuesta. Digamos que alrededor del trece de diciembre —respondió Sebastián con una exactitud perturbadora.
Ricardo asintió, pero luego reaccionó. Lo había dicho casi de memoria.
—Lo recuerdas con mucha precisión.
Sabía que Sebastián tenía una memoria prodigiosa, pero esa fecha en particular parecía estar grabada a fuego en su cabeza.

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