—Es cierto. Con todo el daño que hizo, quién sabe a cuánta gente ofendió. Tuvo lo que merecía —comentó Ricardo, y de pronto recordó algo—. Por cierto, el club Nocturno reabrirá en un par de días. Ya cumplimos con la sanción de cierre, y los empleados están ansiosos por volver al trabajo.
—Ocúpate de eso como mejor te parezca —dijo Sebastián.
El teléfono de Lucas sonó. Se apartó para contestar, cruzó un par de palabras y volvió al lado de Sebastián.
—Señor Correa, la gente de la familia Solís está en la Villa de los Recuerdos.
Ricardo vio que el rostro de Sebastián no mostraba la menor sorpresa, como si todo fuera parte de su plan.
Al verlo tan tranquilo, Ricardo se desesperó por él.
—¡Todo el mundo sabe que Miguel crio a Mateo! Lleva años en el extranjero, nadie sabe qué tanto poder ha acumulado allá. Si proteges a Isabela, te estarás ganando a Miguel como enemigo.
Por supuesto, sabía que, dejando de lado el tema de la médula, Sebastián tampoco le entregaría a Isabela a los Solís. A fin de cuentas, las piernas de Isabela quedaron destrozadas por salvarle la vida.
Sebastián le debía la vida a esa mujer. Una deuda así no se paga fácil.
Pero qué acciones tomaría Sebastián exactamente, ni él lo sabía.
Las palabras de Ricardo no inmutaron a Sebastián. Era obvio que no le temía a Miguel Solís; en todos estos años, Ricardo jamás había visto a su amigo acobardarse ante nadie.
Pero le preocupaba su estado mental. Lo notaba demasiado extremo, y temía que hiciera algo de lo que se arrepintiera después. Especialmente con el tema de Valentina.
—¿De verdad vas a dejar a Valentina bajo arresto domiciliario? —no pudo evitar preguntar.
Los ojos de Sebastián se oscurecieron. —No es arresto. Solo se quedará aquí por quince días.
Ricardo se llevó la mano a la frente, incrédulo. —¿Y cuál es la diferencia?
—La hay —respondió Sebastián con un tono de terquedad absoluta.
—Un perro acorralado... —empezó Ricardo, pero la mirada helada de Sebastián lo hizo rectificar—... Un animal acorralado ataca, con más razón una mujer tan astuta como ella. Si la empujas al límite, es capaz de cualquier cosa.

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