Ricardo abrió la puerta de su auto, arrojó las llaves descuidadamente en el compartimento central y estaba a punto de encender el motor cuando vio algo por el rabillo del ojo.
—¡La madre que me...! ¡Valentina! —Se agarró el pecho con fuerza, sintiendo que el corazón se le salía del pecho.
—Arranca —ordenó ella.
Valentina estaba acurrucada en el piso frente al asiento del copiloto. Tenía el cabello suelto, y sus ojos enrojecidos lo miraban con frialdad.
¡Casi se muere del susto, pensó que había visto un fantasma en pleno Año Nuevo!
Ricardo no tenía la costumbre de poner los seguros cuando se estacionaba. ¡Quién iba a pensar que esta chica aprovecharía esa oportunidad!
—Arranca —repitió con tono sombrío.
A pesar de su actitud feroz, su rostro pálido le daba un aire de vulnerabilidad que daba lástima.
Al recordar lo que había pasado en la mañana, Ricardo frunció el ceño. Él siempre la había visto como una hermana menor, y no podía evitar sentir compasión por ella.
Su voz se suavizó: —No puedo sacarte de aquí.
—Primero, porque no puedo pelear contra Sebastián, y segundo, porque no haré nada que lo perjudique. Sé buena niña y hazme caso, regresa. Lo que él te haya prometido, lo cumplirá. Ya sabes que es un hombre de palabra.
A Valentina se le formó un nudo asfixiante en el pecho.
—Haz como si no me hubieras visto y arranca el maldito auto, ¡rápido, Ricardo!
¿Acaso el hecho de que Sebastián la mantuviera prisionera era "no perjudicarlo"?
Ricardo apretó el volante, desvió la mirada hacia el exterior y suspiró. No se atrevía a mirarla a los ojos.
—Lo siento.
Se inclinó hacia la puerta del copiloto y presionó el botón para desbloquearla. La puerta se abrió al instante.
Valentina miró por la ventana y vio a Sebastián caminando a paso firme hacia ellos, con su habitual aura fría e imponente.
El pánico la invadió. Cerró la puerta de golpe, se abalanzó sobre Ricardo, empujó la puerta del conductor y, con una patada, lo lanzó fuera del vehículo.

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