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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 279

Sus ojos se fijaron en el emblema que llevaban en el pecho. Eran los guardias de élite de Sebastián.

Hombres entrenados rigurosamente por la familia materna de Sebastián tras superar pruebas extremas. Su nivel de combate no tenía comparación con el de un guardaespaldas común.

No esperaba que Sebastián los desplegara en ese lugar.

—Señor Solís, ¿damos la orden de atacar? —preguntó su asistente.

Miguel esperó en silencio. El sonido de más motores acercándose le hizo desviar la mirada.

—Sebastián ha llegado —murmuró con serenidad.

El asistente se giró y vio una caravana de autos oscuros aproximándose a toda velocidad.

Los vehículos frenaron bruscamente detrás de ellos.

La puerta se abrió y Sebastián, vestido de negro impecable, bajó del auto. Sus oscuros ojos parecían fusionarse con el gélido ambiente de la noche. Pasó la mirada por los vehículos que bloqueaban la entrada con una frialdad y desdén absolutos.

Desde su asiento, el asistente de Miguel sintió el peso aplastante de su aura; la presión indudable de un hombre acostumbrado a reinar.

Miguel abrió la puerta y salió para encarar al hombre que se erguía firme e imponente frente a él, irradiando una presencia cada vez más abrumadora.

—Sebastián, cuánto tiempo sin verte.

El abuelo de Sebastián y Don Patricio Solís habían sido grandes amigos. Por esa razón, cuando eran jóvenes, Miguel y Sebastián llegaron a compartir cierto trato cordial.

Pero nunca pasaron de ser conocidos respetuosos; Sebastián siempre fue reservado y reacio a formar lazos. Durante todos estos años, los únicos a los que permitía acercarse eran Ricardo Mendoza y Daniel Zamora.

—Cuánto tiempo —respondió Sebastián con voz cortante—. ¿A qué se debe tu visita a estas horas de la noche?

Ante la evidente provocación, Miguel mantuvo su aplomo.

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