—Ya la agregué —dijo Valentina agitando su teléfono. Se había puesto en contacto con la madre de Sofía y le había pagado los honorarios legales antes de presentar su renuncia.
—Si ya la tenías agregada, ¿para qué me dices que quieres invitarlos a comer?
Valentina bromeó con ella: —Porque es la primera vez que voy a conocer a mis suegros y me da vergüenza.
Las orejas de Sofía se pusieron rojas como un tomate. —¡Estás loca! ¡Qué suegros ni qué nada!
Durante el almuerzo, cuando Sofía escuchó a Valentina mencionarle a su madre lo de la demanda de divorcio, la miró con una mezcla de tristeza y desconcierto.
Después de comer, ambas regresaron al canal de televisión.
Ya en el ascensor, Sofía finalmente no aguantó más y preguntó: —Yo creía que Sebastián Correa te trataba bien. Aquella vez que salimos a beber a Nocturno y te emborrachaste, él fue a buscarte y, la verdad, te miró con mucha ternura.
Al recordar aquello, se indignó. —¡Qué hipócrita!
Valentina no pudo evitar reír al verla farfullar y la abrazó. —Ya, ya, no te enojes. Tranquila.
Le acarició el cabello a Sofía.
Sofía suspiró, sintiendo una profunda pena por Valentina.
—La primera vez que salimos juntas, te emborrachaste y te abrazaste a un poste declarándole tu amor. Recuerdo que gritabas el nombre de Sebastián y le decías 'amor', y yo pensé que eras su fan número uno. Nunca imaginé que habías crecido en la familia Correa y que se conocían desde siempre.
Esa vez, Valentina había llorado con tanta amargura.
Esa imagen se le había quedado grabada a Sofía. Nunca había visto a alguien sufrir por amor con tanta desesperación.
Cuánto debió amar a Sebastián Correa.
Había sido aquella noche.
Fue poco después de casarse. Aunque ella y Sebastián vivían bajo el mismo techo como unos recién casados normales, dormían en habitaciones separadas. Ella sabía desde el principio que Sebastián había sido forzado a aceptar ese matrimonio.
Pero la realidad dolía demasiado, y esa noche bebió para desahogarse.
Aún recordaba que, al regresar a casa, Sebastián, que siempre llegaba de madrugada, había vuelto temprano. Estaba sentado en el sofá; la miró con esos ojos impenetrables y oscuros, y luego subió las escaleras hacia su habitación sin decir una sola palabra.
—¿Te arrepientes? —La voz de Sofía resonó justo en el instante en que las puertas del ascensor se abrieron.
Arrepentirse...

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