Valentina estaba arrodillada sobre una gran roca en la orilla del mar, dejando que el último puñado de cenizas se deslizara entre sus dedos y se perdiera en el océano.
—Papá, mamá, a partir de hoy nadie volverá a utilizarlos para amenazarme.
De ahora en adelante, Sebastián ya no tenía absolutamente nada con lo que poder chantajearla.
Se quedó arrodillada sobre la roca durante mucho tiempo. Una vez que las cenizas se dispersaron en el mar ya no se veía nada, pero no importaba; mientras ella los recordara, su padre y su madre vivirían para siempre en su memoria y en su corazón.
Eso era algo que nadie podría arrebatarle jamás.
Como la temperatura había subido ese fin de semana, había bastante gente en la playa.
Valentina observaba el bullicio. La última vez que había estado allí fue la noche de Nochevieja, cuando Aein la llevó a soltar globos de cantoya. Habían pasado menos de diez días, pero ella sentía que había transcurrido una eternidad.
El teléfono en su bolso vibró. Lo sacó y vio un mensaje de Aein. Justo cuando pensaba en él.
[¿Estás en la playa?]
Qué coincidencia tan extraña.
Valentina se quedó sorprendida, apretó el teléfono y miró a su alrededor, pero no vio ninguna cara familiar, hasta que escuchó la bocina de un auto al otro lado de la calle. Se puso de pie y vio una camioneta Mercedes Clase G estacionada allí.
Se cubrió los ojos del sol con la mano y vio que la ventanilla bajaba. El hombre al volante iba vestido completamente de negro, con una gorra negra y una mascarilla del mismo color. Si no era Aein, ¿quién más podría ser?
El hombre abrió la puerta, bajó del vehículo, se ajustó la gorra para ocultar más el rostro y caminó con sus largas piernas hacia la playa.
Aunque todavía estaban a cierta distancia, los ojos del hombre se fijaron directamente en la mirada enrojecida de Valentina.
Ella caminó a paso ligero hasta encontrarse con él y le dijo con alegría: —¡Aein! ¿Qué haces por aquí?
Él sacó su celular y, con los pulgares asomando ligeramente por los guantes negros, escribió dos líneas en la pantalla: [Estaba resolviendo unos asuntos cerca de aquí y vi a alguien que se parecía mucho a ti.]
—Qué coincidencia tan increíble. ¿No habías salido de la ciudad? ¿Cuándo volviste? —Valentina notó que Aein tenía el cuello de la ropa un poco desordenado.
En su mente, Aein siempre era alguien distante, calculador y extremadamente pulcro. Cada vez que se veían, él siempre lucía impecable.
¿Qué asunto podría haberlo hecho correr con tanta prisa como para no haberse arreglado bien la ropa?
Aein: [Acabo de regresar.]

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