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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 296

Isabela estaba practicando su caligrafía en el patio con una elegante pluma estilográfica en la mano cuando abrió la notificación. Sostenía la pluma con una mano y con la otra deslizaba la pantalla del teléfono.

Al distinguir claramente que la persona en los brazos de Sebastián era Valentina, la pluma estilográfica se partió en dos pedazos con un chasquido seco por la presión que ejerció.

*Crack*.

Los restos del instrumento cayeron al suelo, manchados con un rastro apenas perceptible de sangre.

Al escuchar el ruido, la empleada que la cuidaba se acercó corriendo. —¡Ay! ¿Cómo se rompió la pluma? Señorita Campos, ¿se lastimó la mano? ¡Cielos, está sangrando!

Isabela miró con absoluta frialdad la herida en su palma, donde un trozo filoso de la estilográfica le había perforado ligeramente la piel, haciendo brotar unas gotas de sangre. Esbozó una sonrisa vacía y respondió: —No es nada.

Tomó un par de pañuelos de papel y se limpió la sangre sin darle importancia.

Durante la cena, Isabela comió solo un poco antes de dejar los cubiertos. Por más que la empleada insistiera, no volvió a probar bocado.

La mujer vaciló antes de decir: —Señorita Campos, el señor Correa se preocupa mucho por su salud. Coma un poco más, hágalo por él.

La cuidadora ya no se atrevía a hablar con tanta certeza. Llevaba muchos días sin ver al señor Correa por allí. Aunque antes tampoco venía seguido, esta vez el ambiente se sentía tenso, y ella percibía que algo no andaba bien.

Isabela murmuró con sarcasmo: —¿Sebastián se preocupa por mí?

La cuidadora asintió efusivamente. —¡Sí, el señor Correa siempre está pendiente de usted!

—Pendiente de mí...

...

Unos días más tarde, las pesadas puertas de la sala de juntas del Grupo Correa se abrieron de par en par. Sebastián recorrió la habitación con una mirada gélida, observando a los altos ejecutivos allí presentes.

Justo cuando los directivos se preparaban para presentar sus informes, el teléfono de Sebastián sobre la mesa comenzó a vibrar.

Era una llamada de los guardaespaldas de la Villa de los Recuerdos.

Sebastián contestó. Sin inmutarse ante lo que escuchó del otro lado de la línea, preguntó con una voz desprovista de temperatura: —¿Ya la llevaron al hospital?

El guardaespaldas respondió de inmediato: —Sí, señor. Ya vamos en camino.

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