Valentina negó con la cabeza. —No hace falta, cuando te pasó eso eras una adolescente, yo ya tengo veintitantos, sé cuidarme sola.
Apenas terminó la frase, tocaron la puerta de la habitación. Ambas miraron hacia la entrada y vieron a un hombre de hombros anchos y piernas largas, con el rostro cubierto por una gorra y una mascarilla, entrar al cuarto.
Sofía, asustada, se paró rápidamente frente a Valentina para protegerla. —¿Y usted quién es? ¡Salga de aquí!
Valentina la agarró enseguida del brazo y le dijo: —Tranquila, es una de mis mejores amigas.
—¿Desde cuándo tienes amigas tan musculosas? —preguntó Sofía, dudando.
Hasta que el hombre se quitó la gorra y la mascarilla.
Sofía: —...
En cuestión de segundos, su rostro se puso rojo como un tomate y tartamudeó: —¡E... El Alfa!
Sofía miró completamente boquiabierta al ídolo en persona, Mateo Solís, rebosante de energía. Luego volteó a ver a Valentina, señaló al hombre y preguntó: —¿Me estás diciendo que El Alfa es tu «amiga»?
—Bueno, amigo, amiga, lo que sea. No nos limitemos por cuestiones de género —le explicó Valentina.
Mateo dejó la gorra y la mascarilla a un lado y caminó a zancadas hacia la cama. Le tocó la frente a Valentina, luego se tocó la suya propia, con una cara de absoluta preocupación que dejó a Sofía totalmente pasmada.
Tras asegurarse de que Valentina estaba bien, Mateo le sonrió a Sofía: —¿Eres mi fan?
Sofía asintió enérgicamente.
Mientras Mateo tomaba un termo para prepararle a Valentina su infusión de manzanilla, Sofía le susurró a su amiga: —¿De verdad crecieron juntos?
—¿Acaso podría mentirte con eso? ¡Mírate, dudando de tu propio ídolo!
Sofía sacudió la cabeza. —No dudo que sea Mateo Solís, pero... te trata con demasiado cariño. Siempre he creído que era reservado con su vida privada. ¿No será que le gustas?

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