Al ver el acuerdo de divorcio en el cajón, Valentina sintió que se congelaba por completo.
Múltiples pensamientos pasaron por su mente en un instante, seguidos de un escalofrío que le caló hasta el alma.-
Hace tres años, ella pudo casarse con Sebastián únicamente gracias al cariño que la Matriarca Correa le tenía.
Sabía que Sebastián no la amaba. Si él había aceptado el matrimonio fue solo para consolidar su posición dentro de la familia; con el voto de la abuela, le sería más fácil cumplir sus ambiciones.
Ese matrimonio fue algo que ella había robado, y a pesar de ello, se dejó llevar, intentando con todas sus fuerzas que él se enamorara de ella.
Pero se había sobrestimado. Desde antes él no la soportaba, y después de casarse, vivían prácticamente como extraños.
El divorcio siempre había sido una bomba de tiempo en su matrimonio.
Sin embargo, en tres años, Sebastián jamás lo había mencionado.
Que sucediera justo ahora la tomaba por sorpresa, sin darle tiempo a reaccionar.
En cuanto al motivo del "porqué ahora" su corazón ya tenía la respuesta:
Isabela había regresado.
Esas palabras, "Acuerdo de Divorcio" eran como clavos enterrándose en su pecho. Fue incapaz de reunir el valor para tomar el documento y leer los términos.
Si no lo hubiera descubierto por casualidad hoy, ¿cuándo pensaba entregárselo?
No supo cuánto tiempo se quedó ahí de pie, pero fue el sonido del motor de un auto en la planta baja lo que la sacó de su trance. Escuchó al ama de llaves saludar respetuosamente al "Señor Correa".
Para cuando bajó las escaleras, Sebastián ya estaba en la casa.
Afuera seguía haciendo frío. Le entregó su largo abrigo oscuro a su asistente con indiferencia. El traje negro hecho a la medida le daba un aire solemne y severo, haciéndolo lucir aún más imponente y distante.
El líder supremo del Grupo Correa. Su sola presencia asfixiaba.
Al escuchar sus pasos, él levantó la mirada.
Los lentes sin montura sobre su nariz lo hacían parecer aún más sofisticado y elitista.
Esos ojos, negros como el jade, estaban ocultos en parte por el cristal, pero era imposible ignorar la fuerza de su mirada, una quietud que albergaba un poder de seducción casi letal.
Llevaban trece días sin verse. Sumado a que, tras la pérdida de su bebé hace un año, sus encuentros se habían vuelto cada vez más escasos, a Valentina el hombre que tenía enfrente le pareció casi un extraño.
Aquel revuelo llegó a ser tendencia nacional, pero la familia Correa no tardó en silenciarlo todo.
Incluso durante los dos años que estuvo ciego, siguió siendo el hombre más deseado por todas las mujeres de Miramar.
Sintiendo un nudo de amargura en la garganta, Valentina caminó hacia el auto.
Al pasar junto a él, aceleró el paso por instinto, pero de repente el hombre le sujetó el brazo.
Valentina se sobresaltó, topándose de lleno con esos ojos que parecían capaces de leerle el alma.
Con las yemas de sus dedos ligeramente cálidos, él le levantó la barbilla.
Ella intentó apartar el rostro, pero la mano que la sujetaba anticipó el movimiento, apretando con más fuerza. El pulgar de él acarició la comisura de sus labios.
—¿Qué le pasó a tu cara?
Sin escapatoria, Valentina tuvo que alzar la vista para sostenerle la mirada.
No sabía qué tipo de pomada mágica le había aplicado el ama de llaves, pero esa misma mañana los moretones ya casi no se notaban.

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