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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 2

Valentina mantenía la cabeza baja, con algunos mechones sueltos ocultando la mitad de su rostro. Sus ojos eran ilegibles, pero el ama de llaves podía sentir la profunda tristeza que emanaba de ella.

—Tal vez sea por... —intentó excusarlo la mujer.

Pero Valentina la interrumpió con un simple gesto de la mano.

—Voy a subir a ducharme. Por favor, llévame el botiquín a mi habitación.

Al verla tambalearse mientras subía las escaleras, el ama de llaves dejó escapar un suspiro silencioso. Obedeció y fue a buscar el botiquín.

Al pasar por la habitación principal, echó un vistazo al interior. Como era de esperarse, Valentina no estaba ahí.

Estaba en la habitación de al lado.

Quién diría que la señora y el señor Correa, después de tres años de matrimonio, seguían durmiendo en camas separadas.

El vapor llenaba el baño.

Frente al espejo, mirando los enormes y aterradores moretones que cubrían su cuerpo, sus labios comenzaron a temblar. Con los dedos rígidos por los espasmos, se arrancó la ropa destrozada y la arrojó al bote de basura.

Como si se le hubiera agotado hasta la última gota de energía, su cuerpo se deslizó por la pared hasta caer sentada en el suelo.

Poco después, un leve llanto ahogado comenzó a escucharse dentro del baño. El ama de llaves aguzó el oído, pero lo único que logró distinguir fue el sonido del agua cayendo a cántaros.

Después de ducharse, Valentina rechazó la ayuda del ama de llaves. Se sentó en el sofá, se aplicó un poco de pomada en las heridas al azar y se acostó en la cama.

Apenas cerró los ojos, la imagen de la golpiza y las risas sádicas de aquellos hombres invadieron su mente.

Le dolían los huesos.

Se dio la vuelta, abrió el cajón de la mesa de noche, rebuscó hasta el fondo y sacó un frasco. Quitó la tapa, se llevó un somnífero a la boca y lo tragó en seco, sin siquiera tomar agua.

Gracias a las pastillas, no tardó en quedarse dormida.

Pero en sus sueños, su ceño seguía fruncido. Un sudor frío perlaba su frente, y sus dedos, blancos por la fuerza con la que aferraban las sábanas, no dejaban de temblar.

—Ayúdenme...

Atrapada en la pesadilla, el rostro de Valentina estaba mortalmente pálido. Su frágil cuerpo se estremecía sin control, y las lágrimas se deslizaban de sus ojos cerrados.

La habitación oscura y vacía no le devolvió ninguna respuesta.

...

Isabela Campos.

Valentina cerró la noticia en silencio, pero sin querer, aplastó el huevo que sostenía en la mano.

Al ver la yema esparcida sobre su ropa, frunció el ceño y sus ojos se llenaron de lágrimas.

Qué patética.

Han pasado tres años. ¿Acaso no ha entendido todavía a quién le pertenece el corazón de Sebastián?

Luego se levantó, volvió a su habitación a cambiarse de ropa y fue al estudio a buscar un par de libros para distraerse.

El estudio de Sebastián era sobrio, impecable y sin adornos innecesarios, muy distinto al de ella, que siempre estaba lleno de figuras coleccionables y chucherías.

Alguien había olvidado cerrar el cajón del escritorio, y como una de las ventanas estaba a medio abrir, la brisa hacía revolotear los documentos del interior.

Una hoja de papel salió volando y cayó al suelo.

Valentina se acercó a recogerla. Justo cuando iba a devolverla a su lugar, su mirada se paralizó al ver lo que había dentro del cajón.

Allí, frente a sus ojos, descansaba un acuerdo de divorcio.

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