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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 300

En cuanto estalló la noticia del arresto de Sebastián Correa, los servidores de las principales redes sociales colapsaron durante diez largos minutos.

Los teléfonos del departamento de relaciones públicas del Grupo Correa no paraban de sonar, y las grandes empresas con vínculos estrechos con el conglomerado entraron en pánico absoluto.

Bajo el sol radiante del Parque Ecológico y Empresarial Sur, Valentina escuchaba a la gente a su alrededor discutir el tema. Su rostro no mostró la más mínima emoción.

Giró levemente la cabeza para echar un vistazo a la pantalla del celular del joven que tenía al lado.

Debajo del texto sensacionalista, había una fotografía de Sebastián subiendo a un vehículo policial.

Vestido con un impecable traje oscuro, caminaba hacia la patrulla estacionada frente a las imponentes puertas del Grupo Correa.

Su semblante era frío, sereno, desbordando una calma inquebrantable; en absoluto parecía un hombre a punto de ser llevado a una comisaría para ser interrogado.

Más bien parecía que estaba a punto de asistir como el invitado de honor a la cumbre empresarial más exclusiva del año.

—¡Quién lo iba a decir! ¡Sebastián Correa metido en esas porquerías!

—Recuerdo haber leído en internet que antes estuvo en el ejército. ¿No se supone que son ejemplos de integridad? Hacer algo así es escupir sobre su propio pasado militar.

—¿Y tú le crees a lo que dicen en internet? Si no hay pruebas, a saber si alguna vez pisó un cuartel militar.

—Exacto. Alguien de una familia de ese calibre jamás haría el servicio.

—¡Qué manera de arruinarse la vida!

—Con la cantidad de drogas que encontraron, este tipo no sale de la cárcel en su vida. Va a pudrirse en una celda.

—Un linaje de tanto prestigio destruido por él. Apenas murió la Matriarca Correa y ya está metido en un escándalo de esta magnitud. Qué vergüenza para la familia.

Valentina apartó la mirada en silencio. Hizo el gesto de desenroscar la tapa de su botella para beber agua, pero sus manos no encontraron nada. Entonces recordó que ya se había terminado su botella.

Al regresar a la carpa improvisada del departamento de noticias, tomó una botella nueva y bebió unos tragos.

Seguramente todos sus colegas ya habían visto la noticia, pues la miraban de reojo con una mezcla de curiosidad y lástima.

A Valentina no le importó. Esa lástima iba dirigida a la «señora Correa».

Javier se quedó atónito. —¿De verdad ya están divorciados?

Valentina no sabía cómo explicarle que ella y Sebastián jamás habían estado casados legalmente. Si lo decía en voz alta, todos pensarían que estaba loca o que era una estúpida.

Y, de hecho, había sido una estúpida durante tres largos años.

—En resumen, ya no tengo ningún vínculo con él. Pero me alegra mucho que hayan procesado mi renuncia tan rápido. Mañana vengo a terminar de firmar lo que falte.

Javier soltó un profundo suspiro de resignación.

Valentina regresó a su departamento en Bahía Serena. Apenas abrió la puerta, una ola de música a todo volumen la golpeó de frente. Era una canción de fiesta con un ritmo escandaloso.

—¡Hoy es un buen día, hoy hay que celebrar!

Mateo Solís estaba recostado en el sofá, leyendo las noticias en su teléfono. No esperaba que Valentina regresara a esa hora; intentó sentarse de golpe por el susto, pero el movimiento le jaló la herida del abdomen y soltó un quejido de dolor.

Al ver a Valentina entrar como si nada hubiera pasado, los ojos de Mateo reflejaron una mezcla compleja de emociones. Le dio una patadita a su asistente y este, entendiendo el mensaje de inmediato, apagó la música de golpe.

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