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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 329

En ese estado, ni siquiera sería capaz de preparar una comida decente.

Aunque su sazón ya de por sí dejaba mucho que desear.

—Señorita Vargas, ¿de verdad se siente bien? —le preguntó Arturo, notando que algo andaba mal.

Valentina negó con la cabeza, y justo cuando iba a responder, un dolor agudo, como una puñalada en el corazón, la hizo doblarse. Escupió una bocanada de sangre.

—¡Señorita Vargas!—

El grito desesperado de Arturo se escuchó cada vez más lejano. Su visión dio vueltas, y el cuerpo de Valentina se desplomó como un trapo inerte mientras la consciencia la abandonaba.

En el instante antes de chocar contra el suelo, creyó escuchar el llanto desconsolado de un bebé cerca de su oído.

En medio de una oscuridad infinita, Valentina sintió que caía al vacío, como si se precipitara por un pozo sin fondo.

Cuando finalmente abrió los ojos, se encontró con la mirada angustiada de Mateo.

Una lágrima resbaló por su mejilla mientras lo miraba, aturdida.

Al verla despertar, los ojos de Mateo brillaron y gritó con todas sus fuerzas:

—¡Doctor! ¡Revísela rápido!—

El personal médico rodeó la cama de inmediato. El doctor le abrió los párpados para examinar sus pupilas.

—Señorita Vargas, ¿puede escucharme? —preguntó el médico, apagando la linterna y buscando su mirada.

Pero la paciente en la cama permanecía inmóvil, sin respuesta.

Mateo sintió que algo no encajaba. Su rostro se ensombreció de golpe.

—¿Qué demonios pasa?—

El médico negó con la cabeza.

—Los exámenes no muestran ninguna anomalía física. Me temo que es un problema psicológico. ¿La señorita Vargas ha sufrido alguna alteración emocional fuerte recientemente?—

Mateo miró fijamente a Arturo.

—¡Habla!—

Arturo sacudió la cabeza con vehemencia.

—¡Nada! Estuve con ella toda la tarde jugando videojuegos en el celular.

—Mateo...—

—¡Valentina! —Mateo se congeló, y no fue hasta que vio a Valentina parpadear y notar cómo sus ojos recobraban la lucidez, que se dio cuenta de que ella de verdad lo había llamado.

—¡Dime mi nombre otra vez!—

En la cama del hospital, Valentina movió los labios. Su voz era apenas un hilo, pero tenía un toque de diversión mientras articulaba lentamente:

—El Alpha.—

—¡Casi me matas del susto! —Mateo soltó un largo y tembloroso suspiro, apretando con más fuerza las heladas manos de la chica—. ¿Qué te pasó? ¿Te duele algo?—

De verdad creyó que la perdía.

Valentina respondió despacio:

—Ni yo sé qué me pasó.—

Solo sabía que había sentido un dolor insoportable, como si se estuviera muriendo.

Y le pareció haber soñado con ese bebé que nunca llegó a conocer.

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