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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 331

—No quiero seguir internada, quiero irme a dormir a mi casa.

Sabía que Mateo cedería; incluso si tenía que montar un hospital entero en su departamento, él accedería a llevársela.

Estaba a punto de girarse cuando alguien levantó la sábana que la cubría.

Una mano grande y cálida se posó sobre su espalda, y otra se deslizó bajo la curva de sus rodillas.

Con sus heridas, Mateo a duras penas podía caminar, mucho menos cargarla en brazos.

Ese hombre no era Mateo.

Al abrir los ojos, se topó de frente con una mirada negra y glacial. El cuerpo de Valentina se tensó de golpe, su expresión se endureció y en sus ojos afloraron un repudio y una rabia imposibles de ocultar.

Aunque tardó un instante en procesar quién era, no dudó ni un segundo en levantar la mano para abofetearlo.

Pero la mano que descansaba en su espalda atrapó su muñeca en pleno vuelo. Con una firmeza sutil pero inquebrantable, aquellos dedos ásperos la sujetaron, impidiéndole retroceder o golpearlo.

Sebastián bajó la mirada. Notó su rostro desmejorado y sus ojos se oscurecieron aún más.

—¿Por qué terminaste en el hospital?—

—¿A ti qué te importa? —respondió ella, impasible.

Arturo estaba supuestamente montando guardia en la puerta. ¿Cómo había entrado este hombre a la habitación como si paseara por su propio jardín?

Seguramente, Lucas había inmovilizado a Arturo otra vez.

—Te pregunté qué te duele —insistió él, deslizando la mirada hacia sus labios pálidos.

Normalmente, los labios de Valentina tenían un tono sonrosado muy saludable; solo perdían color cuando su cuerpo estaba pasando por algo grave.

El rostro inexpresivo de Valentina comenzó a torcerse de indignación.

Jamás olvidaría la humillación en la ventanilla del juzgado, cuando el funcionario le informó sin titubear que ella y Sebastián jamás habían estado legalmente casados.

Aunque no había nadie más escuchando aparte del empleado, Valentina sintió los ojos de todo el mundo clavados en ella.

Esa indignación y el asco de saberse el juguete de este hombre... ¡jamás se lo perdonaría!

—¿No te vas a ir? ¡Perfecto, me largo yo!—

Forcejeó con todas sus fuerzas para soltarse, pero la mano del hombre bajó hasta sus rodillas, la alzó en el aire y la cargó en vilo.

—¡Suéltame!—

Sebastián aprisionó su cuerpo contra su pecho y, con voz ronca, le dijo al oído:

—¿No dijiste que no querías estar en el hospital y que querías ir a casa?—

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