Al notar cómo el rostro de la cuidadora pasaba de estar pálido a adquirir un tono violáceo por la falta de oxígeno, Isabela finalmente la soltó.
Se dejó caer contra la cabecera de la cama, con la mirada perdida, y murmuró:
—¿Dónde está Sebastián?—
La cuidadora, aún temblando de terror, se llevó las manos al cuello y comenzó a tragar grandes bocanadas de aire. El aire raspó su garganta adolorida, provocándole punzadas horribles, pero hizo un esfuerzo sobrehumano por no toser frente a su jefa.
De repente, Isabela giró la cabeza para mirarla. La mujer se encogió, aterrorizada. —S-señorita Campos... Yo, yo no diré una palabra más.—
—Más tarde vas a llamar a Sebastián. Le vas a decir que me siento muy, muy mal.
La cuidadora asintió con fervor.
Pero cuando intentó llamar, la operadora repitió el mismo mensaje de siempre.
Por miedo a la furia de Isabela, decidió mentir y le dijo que simplemente nadie había contestado.
Durante la tarde y la noche, la empleada repitió la llamada decenas de veces, pero el resultado siempre fue el mismo.
¿Acaso el señor Correa de verdad había abandonado a la señorita Campos para siempre?
...
En la sala de cuidados intensivos de máxima seguridad, el médico le habló a Sebastián en voz baja: —Señor Correa, el bebé ya está profundamente dormido. Puede acostarlo en la cama.
Sebastián llevaba dos horas enteras en la misma postura.
Estaba sentado en el borde de la camilla, con la espalda recta como una tabla.
Giró ligeramente la cabeza, observando con intensidad al pequeño que dormía recostado sobre su hombro.
La cabecita del bebé colgaba de lado. Al tener una mejilla aplastada contra su traje, su boquita estaba medio abierta, y un hilo de saliva escurría hasta el hombro de Sebastián mientras el niño respiraba emitiendo un leve ronroneo.
A ratos, el niño dejaba escapar un murmullo que sonaba como un sollozo.
¿Quién se imaginaría que este pequeño, de apenas un año, había estado al borde de la muerte al nacer por su extrema debilidad?
Los médicos habían agotado todos sus recursos para mantenerlo con vida, pero el niño estaba tan frágil que parecía un caso perdido.
No fue sino hasta los seis meses que descubrieron que en su organismo se alojaba una toxina muy particular.
Por ser tan pequeño y tener los órganos tan inmaduros, los efectos del veneno fueron devastadores, manteniéndolo en un estado constante de debilidad.
Un recién nacido prematuro no debería tener un veneno así en su sistema.
A menos que lo hubiera absorbido en el útero materno.
Si tomaban en cuenta los extraños síntomas que presentó Valentina antes de que indujeran el parto prematuro, y sus secuelas posteriores, la respuesta saltaba a la vista.
El pequeño había absorbido todo el veneno para salvar la vida de Valentina.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Habrá acrualizacion.....