—¿Te crees muy rudo? —espetó Valentina, reprimiendo las ganas de soltar otro insulto—. En vez de callarme la boca, ¿por qué no mejor me la vuelas con un cañón?
Sabía perfectamente que un lunático como Sebastián era capaz de cualquier cosa.
Al escuchar su tono exagerado, Sebastián se dio cuenta de que ella solo intentaba desviar la atención de la obvia tensión entre los dos. Se creía muy lista, pero él podía leerla como a un libro abierto.
La manta cubría su cuerpo y ocultaba su larga cabellera, dejando al descubierto solo su rostro al natural, de tez luminosa.
Mientras el helicóptero sobrevolaba Miramar, la luz de la luna se colaba por la ventana y bañaba sus delicadas facciones, envolviéndola en una especie de halo neblinoso.
Era una imagen misteriosa que despertaba en cualquier hombre el deseo de descubrir más.
Y en ese momento, con su tono sarcástico y esos ojos ligeramente rasgados mirándolo con furia, tenía el aspecto perfecto para alterar los sentidos de cualquiera.
—¿Qué gracia tendría volarte la boca con un cañón? —murmuró, fijando la vista en sus labios que, de a poco, iban recuperando su color.
Valentina, cansada de discutir, giró el rostro hacia la ventana. Sin embargo, Sebastián la tomó de la barbilla y la obligó a mirarlo. Su mirada se detuvo en sus labios rojizos.
Luego subió hasta sus ojos, enrojecidos por el cansancio.
—¿No vas a dormir?
Ante su constante provocación, Valentina estalló:
—¡Que duerma tu m—!
Una tormenta oscura estalló en la mirada de Sebastián. Bajó la cabeza, levantándole el rostro por la barbilla, y selló esos labios apretados por el coraje. Su lengua se abrió paso, robándole todo el aliento.
¡Y ella seguía intentando insultarlo en medio del beso!
La mano de Sebastián, que la sostenía por la mandíbula, se deslizó hasta su nuca. Enredó su lengua con la de ella de forma implacable, obligándola a tragarse todas sus palabras.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Habrá acrualizacion.....