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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 345

Su rostro enrojeció de vergüenza e indignación. ¡Ese hombre estaba enfermo!

Giró la cabeza rápidamente y cerró los ojos, repitiéndose a sí misma que solo descansando lograría recuperar sus fuerzas.

No supo cuánto tiempo pasó hasta que por fin cayó en un sueño intranquilo. Despertó sobresaltada, lanzó una rápida mirada al hombre en el sofá de enfrente, y al ver que seguía inmóvil, volvió a cerrar los ojos y se sumió en un sueño profundo.

El helicóptero descendió gradualmente. Para cuando Valentina despertó, ya había amanecido.

Estaban rodeados por un mar azul e interminable. En medio del vasto océano, apareció ante sus ojos una pequeña isla.

A medida que el helicóptero bajaba, el paisaje se fue volviendo más claro.

Al principio, creyó que se trataba de aquella isla desierta cerca de la frontera, pero se dio cuenta de que este lugar no tenía nada de árido.

Había árboles frondosos y verdes, y un lago cristalino que destellaba bajo la luz del sol.

El suelo estaba cubierto de flores vibrantes. Una ráfaga de brisa marina acarició la isla, trayendo consigo un aroma dulce y embriagador.

En el centro, rodeada por racimos de flores, se alzaba una hermosa y elegante villa.

...

Tras regresar a la Villa de los Recuerdos, Isabela intentó llamar a Sebastián, pero no hubo respuesta.

Ella había vuelto la noche anterior. Era imposible que Sebastián no lo supiera, y aun así, no había aparecido.

¿Acaso no le habían informado?

¿De verdad no le importaba que anoche la hubieran intentado asesinar?

Mientras más lo pensaba, más perdía la paciencia. ¿Dónde diablos estaba Sebastián? ¿Acaso no entendía la ansiedad que ella sentía al no verlo?

Al verla en un estado de tanta tensión nerviosa, la cuidadora no se atrevía a acercarse; solo daba un paso si recibía una orden directa.

Isabela ni siquiera comió. Pasó el día entero aferrada al teléfono, marcando el número de Sebastián una y otra vez. También intentó comunicarse con Lucas, pero sus llamadas no entraban.

Fue hasta el anochecer que, en un nuevo intento, la llamada finalmente se conectó.

Una mejor candidata...

¡Una mejor candidata!

Esas palabras resonaban en la cabeza de Isabela como una maldición, llevándola casi a la locura mientras murmuraba para sí misma:

—¡Yo soy la mejor candidata para Sebastián!

Un destello asesino cruzó por sus ojos y, con una voz apenas audible, preguntó al teléfono:

—¿Quién es?

¡No importaba quién fuera, la iba a matar! Su sangre era lo único que Sebastián necesitaba.

¡Sin importar cuánta sangre le pidiera, ella se la daría!

¡No permitiría que nadie ocupara su lugar!

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