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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 346

—No es asunto tuyo —replicó Lucas con frialdad antes de colgar.

El cielo se oscureció. Tras pasar la fiesta de la Candelaria, las celebraciones en Miramar habían llegado a su fin.

Ya no se escuchaban fuegos artificiales ni petardos en las calles; por todas partes reinaba esa calma melancólica que sigue a las festividades.

Y aquella villa, la Villa de los Recuerdos, se sentía tan fría y desolada como una tumba.

La mente de Isabela daba vueltas a las palabras de Lucas.

Mientras más pensaba, más se enredaba, hasta que por fin logró atar los cabos.

Durante todo este tiempo, tal como sospechaba, Sebastián la había mantenido a su lado únicamente por su sangre, o por algo relacionado con ella.

¡Y ahora que había encontrado a alguien más compatible, la estaba desechando como a un peón inútil!

Al comprenderlo, sintió que el cuerpo se le entumecía. Rígida y vacía, se quedó mirando la pantalla oscura del teléfono y volvió a marcar el número de Lucas.

¡Nadie respondió!

—¡Aaaah! —gritó Isabela, y en un arrebato de furia, estrelló el teléfono contra el suelo.

Se cubrió el rostro con las manos y rompió a llorar.

¿Por qué las cosas habían terminado así?

Ella solo quería un poco de afecto de Sebastián; con solo un poco, habría estado dispuesta a...

De repente, el sonido del motor de un auto resonó fuera del jardín.

¡Es Sebastián!

Isabela apartó las manos de su rostro al instante; sus ojos, enrojecidos y húmedos, se iluminaron con esperanza.

Sonriendo entre lágrimas, presionó el botón de su silla de ruedas. Como le parecía que avanzaba demasiado lento, le gritó a la cuidadora:

—¡Rápido, empújame afuera!

Sin embargo, en las puertas del jardín, sus guardaespaldas detuvieron el vehículo.

Los hombres tapaban la matrícula del auto, pero a Isabela le bastó un vistazo para saber que no era el de Sebastián.

No era él.

—No es él —murmuró, decepcionada.

Humberto abrió la puerta del auto y bajó. Al ver la evidente decepción en el rostro de Isabela, resopló con frialdad y entró.

Pero al escuchar el tono prepotente de Isabela, recordó de golpe cómo, años atrás, Bartolomé lo agarraba por el cuello, le daba palmadas humillantes en la cabeza y le decía riendo: "Esta noche me voy a acostar con tu esposa".

Era exactamente el mismo tono.

—¡A mí no me hables en ese tono! —estalló Humberto, rojo de furia.

Al verlo perder los estribos, Isabela entendió de inmediato y soltó una carcajada burlona.

—No pudiste averiguar nada.

Un inútil que solo sabía enfurecerse cuando era incapaz de hacer algo.

Humberto, herido en su orgullo, le devolvió el golpe:

—¿Por qué no le preguntas tú misma? ¿No te la pasabas diciendo que eras muy importante para él? Ah, lo olvidaba, esos rumores los mandaste a esparcir tú. Todo era mentira.

Le dio una pequeña patada a la rueda de la silla con la punta del zapato y sonrió con burla.

—Lo único que te mantiene a flote es esa deuda de gratitud por salvarle la vida.

Esa frase dio justo en la herida. El rostro de Isabela se puso lívido. Respiró hondo y sentenció:

—Sigue investigando.

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