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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 348

Sebastián deslizó sus dedos por el cabello que a ella le caía sobre los hombros y se lo acomodó detrás de las orejas. Luego bajó la mano y le sujetó la muñeca.

—Hablaremos de lo que quieras después de comer.

¡Otra vez!

¡Lo estaba haciendo otra vez!

—Olvídalo, no me interesa tanto saberlo —Valentina forcejeó para soltarse de su agarre.

Pero la fuerza de Sebastián era demasiada. Aunque no la estaba apretando, a ella le era imposible zafarse.

Un atisbo de sonrisa casi imperceptible cruzó los ojos de él.

—Si no quieres saber, está bien. Pero igual vas a comer.

Volteó a mirarla y su atención se centró en su cabello, alborotado por la brisa marina.

No llevaba ninguna liga en las muñecas.

Sebastián observó a su alrededor.

Arrancó una pequeña flor de color lila al borde del camino. Su tallo verde era largo y flexible.

Se paró a su lado y, en cuanto le soltó la muñeca, ella intentó escapar como un conejo recién liberado de su jaula.

—Toda la isla está vigilada por mis hombres. ¿A dónde crees que vas a huir?

—¡A cualquier lado donde no tenga que estar contigo! ¡Incluso meterme al mar me parece mejor!

—¿Quieres ir a nadar?

Fue como dar un puñetazo al aire. Valentina sabía que él lo decía a propósito para provocarla.

—¡Qué inmaduro! —espetó con frialdad.

Al ver que aún intentaba alejarse, Sebastián alargó el paso y la alcanzó.

—Ven aquí.

La obligó a volver a su lado.

—Aunque te dé mil metros de ventaja, no podrías ganarme. Al final igual tendría que traerte de vuelta.

El viento volvió a levantar el cabello de Valentina, cubriéndole los ojos. Furiosa, levantó la mano para apartarlo, pero unos dedos largos y elegantes se le adelantaron, acomodándole los mechones hacia atrás.

Sebastián usó el tallo de aquella pequeña flor lila para atarle el cabello en la nuca y evitar que el viento lo alborotara.

Él no respondió. Su figura alta y erguida proyectaba cierta melancolía bajo el sol.

—Me dijiste que si te acompañaba aquí un par de días, estarías dispuesto a hablar conmigo en serio. ¿Era mentira?

El agarre en su muñeca se tensó.

—Si no intentas huir ni metes en problemas, te diré la verdad —respondió él con calma.

¡Otra vez!

Valentina no tenía ganas de seguir perdiendo saliva. En silencio, lo siguió hacia la villa.

Desde el helicóptero solo había podido ver el exterior, pero al acercarse, notó que era casi del mismo tamaño que la casa principal de Villa Esmeralda. De hecho, el diseño era muy parecido.

Con razón, al mirarla desde el cielo, le había parecido tan familiar.

Fuera de la villa había dos guardaespaldas, y al entrar, vio al instante a dos empleados domésticos.

Todo parecía en orden, pero algo no encajaba.

Solo cuando se sentó a la mesa del comedor, se dio cuenta de qué era.

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