Lucas no estaba allí.
Lo más probable era que Lucas se hubiera quedado en Miramar para interceptar a Arturo y a su gente.
Después de todo, la capacidad de combate de Lucas estaba comprobada por el propio Arturo. Dejarlo a cargo de frenarlos y proteger a Isabela era la opción más segura para Sebastián.
...
En la mansión Solís.
Arturo se dirigía a buscar a Mateo cuando, al pasar por la puerta del patio de las begonias, vio salir a Miguel, quien se estaba abrochando los gemelos de la camisa.
—Señor Solís.
El hombre emitió un suave murmullo a modo de respuesta.
Detuvo su paso lentamente, y Arturo hizo lo mismo, parándose frente a él.
—¿Anoche Mateo te envió a capturar a Isabela?
—Sí —respondió Arturo.
—¿Y dónde está? —El tono de Miguel era neutro.
Mencionar el tema enfureció a Arturo, pero bajo la mirada serena de Miguel, logró calmarse y le resumió lo ocurrido en la entrada lateral del hospital.
—¿Te lo dijo ese tal Lucas, el asistente de Sebastián?
Miguel se arregló el cuello del elegante abrigo con la punta de los dedos.
—¿Y ahora? ¿Hay gente de Sebastián cuidando la Villa de los Recuerdos?
Arturo negó con la cabeza.
—No. Pero no podemos acercarnos. Si estamos a menos de dos calles, Lucas nos intercepta.
¡Estaba convencido de que ese gorila inexpresivo no tenía nada mejor que hacer!
Miguel observó una magnolia blanca que el viento había arrastrado hasta el pasillo.
—¿Y Valentina? —preguntó con calma.
—Sebastián se la llevó, no sabemos a dónde. Pero Mateo recibió un mensaje de él; la señorita Vargas volverá en dos días.
Arturo no sabía qué hacer. Mateo estaba de un humor de perros por no haber atrapado a Isabela, y la ausencia de Valentina lo tenía muerto de angustia.
—Señor Solís, creo que deberíamos enviar a más hombres. Me niego a creer que no podamos capturar a Isabela.
—Ya hemos aguantado medio mes, podemos esperar unos días más.
Valentina se quedó atónita. ¿Cómo lo sabía...?
¿No había estado concentrado en su desayuno? Estaba segura de que él no había levantado la vista mientras ella observaba la habitación a escondidas.
Pero no quería que Sebastián notara que la había descubierto.
Fingiendo que no pasaba nada, replicó con molestia:
—¿Y quién dice que a las ocho y trece uno no puede estar lleno?
La mano de Sebastián se detuvo a mitad de camino, y las comisuras de sus labios se curvaron en una leve sonrisa.
Dejó la taza en la mesa y observó cómo ella se levantaba para salir del comedor. Su mirada oscura se fijó en la esbelta espalda de Valentina, quien ya se había quitado el abrigo.
Al llegar a la galería, Valentina contempló el vasto mar. Pensó que sentiría un gran vacío.
Pero no fue así.
Esa isla le transmitía una extraña sensación de seguridad. Desde que bajó del helicóptero, el malestar que la había acosado en los últimos días parecía haberse desvanecido.
—Mi relación con esa informante era estrictamente profesional. No había ninguna obsesión de por medio.
La voz fría y grave del hombre resonó a sus espaldas.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Habrá acrualizacion.....