Al llegar a la galería, Valentina ya no supo hacia dónde caminar, así que se quedó de pie en su lugar. Una ráfaga de viento trajo consigo varias semillas de diente de león y, sin tener nada mejor que hacer, extendió la mano para atrapar una.
Cosas de niños; sin duda, cuando uno está aburrido es capaz de hacer cualquier cosa.
Fue entonces cuando escuchó la voz de aquel hombre a sus espaldas.
No supo si fue un temblor en sus dedos o una nueva ráfaga de viento, pero la semilla se escapó volando.
Él había cumplido su promesa: terminar de comer para responder la pregunta que a ella tanto le inquietaba.
De todas formas, ya estaba en esa isla. No podía escapar ni esconderse de Sebastián. Luchar inútilmente solo la dejaría agotada, así que mejor aprovechar la oportunidad de sacarse esa duda del pecho, al menos para morir con las cosas claras.
Pero aquella respuesta repentina le provocó un escalofrío que le recorrió el pecho hasta paralizarle la espalda.
Tras un momento para recomponerse, dijo sin voltear:
—No me interesa saber eso. Si tienes alguna predilección por alguien, es tu problema. A mí qué me importa.
"A mí qué me importa".
Sebastián sostenía en su mano el vaso de leche que ella había dejado a medias. Sus dedos se tensaron alrededor del cristal y su voz se volvió más grave.
—Entonces, ¿qué es lo que quieres preguntar?
Antes de que ella pudiera decir algo, Sebastián le tomó la mano y le puso el vaso en la palma.
Al sentir sus dedos un poco fríos, el hombre frunció el ceño.
Valentina dio un paso atrás, sosteniendo el vaso y marcando distancia, como si estar cerca de él unos segundos más le resultara insoportable.
Sebastián apretó los labios. Su mirada, siempre gélida, reveló un atisbo de irritación.
—Habla —ordenó con voz ronca.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Habrá acrualizacion.....