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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 354

Al escuchar esas palabras, a Diana le dio un vuelco el corazón. Se adelantó y le arrebató la copa de vino de un manotazo.

—¡No te atrevas a tocarlo!

Nicolás era su hijo, lo había llevado diez meses en el vientre; mientras que el hombre frente a ella era el amor secreto que había guardado en su corazón por más de treinta años. No podía aceptar que él siquiera pensara en hacerle daño.

—No es mi hijo, ¿por qué no podría hacerle daño? —El hombre no se inmutó ni se enojó al perder su copa.

Su mirada se paseó por la figura de Diana. Aunque intentaba mantener su postura elegante, sus ojos enrojecidos delataban su desesperación.

Repitió su postura con la misma frialdad:

—Es imposible que te ayude. Dejando de lado que enfrentarse a Sebastián es un suicidio, con lo que él hizo, ni siquiera debiste haber venido a buscarme.

Tras soltar esas palabras y con el rostro oscurecido, el hombre dio media vuelta para marcharse.

A Diana se le aceleró el pulso. Sin pensarlo, corrió y lo abrazó por la cintura desde atrás.

—¿Te vas?

—No puedo quedarme mucho tiempo —respondió él sin cambiar de expresión.

Bajó la mirada hacia las manos de Diana, cuidadosamente arregladas. Sus dedos pálidos y perfectos parecían tallados en jade.

Sus propias manos también fueron así alguna vez.

Pero ahora, ¿dónde estaba ella?

El hombre apartó las manos de Diana con frialdad y sentenció:

—Me voy.

—¿De verdad no vas a ayudarme? —preguntó ella a sus espaldas.

Él detuvo su paso y la miró con severidad.

—¿Qué insinuas?

Diana sostuvo su mirada desafiante. Aunque la habitación era amplia, el ambiente se volvió asfixiante.

Lo conocía desde que era una adolescente; sabía cómo leerlo. Esa mirada significaba que estaba furioso.

Diana se dejó caer al suelo, sin fuerza en las piernas. Observó la puerta cerrada, completamente conmocionada. Pero no tardó en recuperar la compostura. Se apoyó en la mesa para levantarse y se sentó en el sofá.

Sabía desde el principio que él no la iba a ayudar con lo de Nicolás; solo había querido ponerlo a prueba.

Llegados a este punto, solo le quedaba una última opción.

...

Valentina, aferrada al timón, escuchó la voz de Sebastián, y la sensación de libertad que acababa de experimentar se esfumó al instante.

—Si hubiera venido con cualquier otra persona, seguro me habría divertido —soltó con frialdad.

El brazo de Sebastián seguía aferrado a su cintura, y sintió claramente el cambio en su estado de ánimo.

Apretó el agarre y la giró a la fuerza para que quedara sentada de lado sobre sus piernas.

—¿Quién es esa "otra persona"? ¿Tu querido Mateo?

Los músculos de las piernas del hombre eran firmes y duros. Valentina forcejeó y, en medio del movimiento, sus miradas se cruzaron; los ojos de él estaban oscurecidos.

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