Valentina probó de inmediato el sabor salado del mar. Frunció el ceño, pero el hombre no le dio tregua; su lengua se abrió paso de forma implacable, obligando a la de ella a enredarse en un beso asfixiante.
Estaba empapado. El agua salada goteaba sobre el cuerpo de Valentina y, en cuestión de segundos, la empapó también a ella.
Con su fuerza abrumadora, la acorraló contra el suelo del yate, y sus manos fuertes inmovilizaron los hombros de ella, impidiendo que se levantara.
Sus largas piernas separaron las de ella con firmeza, anulando cualquier intento de patada o forcejeo.
Después de un largo rato, bajó la vista para contemplar a la mujer debajo de él. Tenía los labios hinchados por la brutalidad del beso. En lo más profundo de la oscura mirada de él, las emociones se arremolinaban como nubarrones antes de una tormenta.
—¿No te importaba que me muriera en el mar?
Quizás por haber estado en el agua, su voz no sonó tan fría como de costumbre. Más que rabia, había un dejo de... decepción.
Valentina no notó ese sutil cambio y respondió con un tono teñido de pesar:
—Qué lástima que no fue así.
En realidad, sabía que él iba a volver a subir.
Si un simple truco como ese bastara para acabar con su vida en el mar, entonces no sería Sebastián.
Al escuchar esa respuesta tan cargada de odio, Sebastián, en lugar de enfurecerse, soltó una carcajada. Le sostuvo la barbilla y, con una voz ronca y una sonrisa irónica, susurró:
—Valentina...
—Me arrepiento.
Ella se quedó pasmada un instante, sin imaginarse que, al segundo siguiente, él la envolvería en sus brazos y ambos se precipitarían al mar.
El sol brillaba con fuerza, por lo que el agua no estaba del todo fría.
Sin embargo, al sumergirse en la inmensidad del océano, el azul se tornó oscuro, casi negro, y bajo sus pies sentía el vacío de un abismo infinito.
El cuerpo de Valentina, por puro instinto de supervivencia, intentó aferrarse a algo.
Había intentado vengarse sin importarle las consecuencias, pero ahora que era arrastrada por él, se negaba a rendirse.
¡Así que a eso se refería con arrepentirse! ¡Se arrepentía de no haberla jalado al agua con él desde el principio!
El yate dio un giro brusco, levantando una gran cortina de espuma y agua.
Cuando el agua cayó sobre la cubierta, Sebastián miró a la mujer entre sus brazos y le hundió el rostro en su pecho para protegerla.
Al regresar a la orilla, Valentina le dio una bofetada y se dirigió a grandes zancadas hacia la villa.
Sebastián se quedó mirando su figura envuelta en la manta y apretó los labios.
La casa era igual a la residencia principal de Villa Esmeralda, así que Valentina subió directamente al segundo piso. Sin embargo, algo era diferente.
En Villa Esmeralda, el segundo piso tenía dos habitaciones.
Una era la de ella, y la otra era la de Sebastián.
Pero allí solo había una.
Era como si hubieran derrumbado la pared para fusionar ambas habitaciones en una gran recámara principal.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Habrá acrualizacion.....