Valentina estaba empapada. Con solo unos segundos parada en la puerta, un pequeño charco de agua se formó a sus pies.
Entró a la habitación. Era absurdamente grande, del tamaño de las dos recámaras de Villa Esmeralda juntas.
En el centro, una enorme cama tamaño King estaba cubierta por sábanas y edredones en tonos azul oscuro y negro, colores profundos y serenos que recordaban a la inmensidad del mar.
Eso, inevitablemente, le hizo revivir todo lo que acababa de pasar en el yate.
Apretó los labios, y el dolor la hizo jadear. Estaban tan hinchados y enrojecidos por los besos que apenas podía soportarlo.
La herida donde él le había mordido ardía y punzaba a la vez.
En ese momento, pasos firmes y pausados comenzaron a subir por las escaleras.
Sebastián, también empapado, llegó al final del tramo de escaleras y fijó su mirada en la frágil figura que estaba dentro de la habitación.
Ella permanecía inmóvil, perdida en sus pensamientos.
Las imágenes en la cabeza de Sebastián se cruzaron con la escena frente a él, y su mirada se oscureció. Aceleró el paso.
Al escuchar los pasos acercarse, el coraje volvió a apoderarse de ella al recordar lo que había pasado en el mar. Sin mirar atrás, caminó rápido hacia el baño y echó el cerrojo a la puerta.
Se quitó la ropa mojada y abrió la ducha. El agua caliente corrió sobre su cuerpo.
Unos minutos después, la imponente silueta del hombre apareció al otro lado de la puerta de vidrio esmerilado. Se detuvo justo frente a ella.
—Abre la puerta.
—Me estoy bañando —respondió Valentina con voz neutral, casi inaudible bajo el ruido del agua.
Sebastián no dijo nada más. Se quedó allí hasta que dejó de escuchar el sonido del agua y oyó que la mujer murmuraba algo para sí misma.
Con un tono profundo, le advirtió:
—No hay bata ahí adentro. Abre la puerta y te paso una.
Nadie se movió del otro lado.
Valentina apretó los labios y la rabia brilló en sus ojos. Quiso decirle que su pregunta era estúpida.
Pero con un hombre calculador como Sebastián, detrás de cada palabra había una trampa.
—¡Si quieres negociar condiciones, solo dilo!
La mirada intensa y húmeda de Sebastián se despegó a duras penas de la curva perfecta que dibujaba su cintura y cadera. Su rostro frío se tensó, y en el fondo de sus ojos oscuros aparecieron algunas venas rojas e intimidantes.
Dio un paso al frente, le metió la bata por la rendija y se marchó de la habitación con pasos largos y rápidos.
Al sentir la suavidad de la bata de baño blanca en sus manos, a Valentina le dio un vuelco el corazón e, instintivamente, empujó la puerta para cerrarla.
Para su sorpresa, escuchó que los pasos del hombre en el exterior sonaban ligeramente apresurados.
Hace un rato en el mar, cuando la había besado y sujetado contra él para manejar el yate, la firmeza de su deseo había sido imposible de ignorar.
Estaba convencida de que usaría la bata para intentar sobrepasarse. Incluso había planeado quedarse encerrada en el baño hasta que su ropa mojada se secara, con tal de no tener que lidiar con él.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Habrá acrualizacion.....