Entrar Via

La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 360

La brisa marina arrastró el viento y la lluvia contra la ventana del baño.

Como si el viento pudiera colarse por las rendijas, una corriente helada envolvió el cuerpo de Valentina. Sus dedos se detuvieron sobre la manija del cajón por un segundo, y con total indiferencia, lo volvió a cerrar.

—La cena está lista, señora Correa.

La voz de una empleada resonó desde afuera. Por lo enorme que era la habitación, sonaba como si viniera desde muy lejos, trayéndola de vuelta a la realidad.

Valentina salió de sus pensamientos, dejó el baño y le dijo a la sirvienta:

—No tengo hambre. Y por favor, llámenme señorita Vargas. No soy ninguna señora Correa.

La empleada se sorprendió, pero recordó que Sebastián les había dado la instrucción de que se hiciera todo lo que Valentina dijera.

Asintió.

—Como ordene, señorita Vargas.

Tras la salida de la empleada, Valentina se dejó caer en un sillón negro cerca del ventanal. Inconscientemente, deslizó los dedos hacia el borde del reposabrazos.

De pronto, se quedó rígida y observó su propia mano, perpleja.

Con tantas cosas en la cabeza y sintiéndose algo abrumada, había querido buscar algo para distraerse, pero... ¿por qué había deslizado la mano justo en ese lugar?

Para comprobar su teoría, movió los dedos hacia adelante y luego hacia abajo. Tal como pensaba, su mano encontró el bolsillo lateral del sillón y de él sacó una revista.

Valentina bajó la mirada hacia la revista en sus manos, con los ojos turbados.

¿Cómo era posible...?

En su departamento de Bahía Serena, el sillón también tenía un compartimento lateral para revistas justo en ese mismo lado. ¿Acaso su memoria muscular la había llevado a hacer el mismo gesto?

Dejó la revista a un lado. Mientras miraba la lluvia torrencial por la ventana, el agobio se apoderó de ella, y se puso de pie, frustrada.

...

Afuera, bajo el aguacero, Sebastián caminaba a grandes zancadas hacia la casa, llevando en la mano la camisa que él mismo había destrozado.

La lluvia golpeaba su pecho desnudo y resbalaba por sus músculos tensos y definidos. Se pasó una mano por la cara para quitarse el agua. La sensación le recordó a sus días de entrenamiento.

Él había terminado todas sus clases universitarias antes de cumplir los dieciocho años. Desde ese momento y durante un año completo antes de enlistarse en el ejército, dedicó todo su tiempo a forjar su físico.

Miró a uno de los empleados.

—¿La llamaste para cenar?

El empleado respondió:

—La señora... quiero decir, la señorita Vargas, dijo que no tenía hambre.

Señorita Vargas.

La mirada de Sebastián se volvió aún más lúgubre, pero no dijo nada. Echó un vistazo hacia las escaleras y subió.

Al entrar a la habitación, vio a Valentina recostada contra el sillón, hojeando la revista.

El vuelo del ligero vestido se esparcía como una flor de lirio alrededor de sus finos tobillos, dejando al descubierto aquellos pies que sabían cómo dar buenas patadas.

Sebastián se quitó la toalla con la que se estaba secando, se frotó la cara y el cabello empapado de cualquier manera, y le preguntó:

—Si no tienes hambre, ¿qué se te antoja comer?

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido