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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 373

Quién iba a pensar que más tarde, tras perder la vista, alguien utilizaría fotografías aéreas para publicar la imagen del lago en forma de media luna en una revista.

Y ella, sin recordar nada de su pasado, volvió a enamorarse del mismo lugar.

De pronto, el peso que sentía en sus brazos desapareció y el sueño se hizo añicos como un espejo estrellado contra el suelo.

Sebastián abrió los ojos de golpe y vio a Valentina asomada a la ventana del helicóptero.

Su mano estaba tan cerca de la manija de la puerta que, por un segundo, la mente de Sebastián la visualizó hace un año, cuando intentó lanzarse desde la terraza.

Su respiración se volvió pesada. La jaló hacia sus brazos con brutalidad, mirándola fijamente con sus ojos aún enrojecidos por el alcohol. Su voz salió ronca y cargada de tensión: —¿Qué crees que estás haciendo?

Valentina se asustó por la reacción tan desproporcionada de Sebastián. Al sentir cómo sus dedos temblaban levemente mientras le apretaba el brazo con fuerza, y al darse cuenta de lo cerca que estaba de la puerta, comprendió.

Él había creído que iba a abrir la puerta para lanzarse al vacío.

A ella ni siquiera le importaba aclarar el malentendido. ¿Por qué demonios iba a intentar suicidarse?

—¿No íbamos a salir de la isla hasta mañana? ¿Por qué nos adelantamos?—, le preguntó en su lugar.

Sebastián la escudriñó con sus profundos ojos, sin perder detalle de sus facciones. Cuando estuvo completamente seguro de que no tenía intenciones suicidas, aflojó un poco su férreo agarre, tratando de estabilizar su propia voz. —¿No te morías de ganas de largarte? Te estoy llevando de regreso antes, ¿y aún así te quejas?

Valentina sabía que algo urgente había sucedido para que él adelantara el viaje.

Pero también sabía que, aunque le preguntara, él no le diría nada.

No importaba. Lo único que importaba era que volverían a Miramar.

Se masajeó las sienes. —Dime la verdad, ¿qué clase de alcohol me diste?

—Tienes pésima tolerancia al alcohol, no culpes a la bebida.— Sebastián la tomó del brazo y la obligó a sentarse a su lado en el asiento.

Valentina admitía que no tenía el mejor aguante, pero tampoco era tan inútil. ¿Será que Sebastián había cambiado las botellas a escondidas?

Justo cuando la figura esbelta aceleró el paso para salir en dirección opuesta a la fábrica, un destello cegador iluminó la explanada. Focos de alta potencia se encendieron de golpe, dejando expuesta a la misteriosa persona.

La figura se congeló e intentó huir desesperadamente en la dirección contraria.

De repente, entre las sombras, una imponente silueta se aproximó con paso firme. Un rostro gélido e inexpresivo apareció bajo la luz.

Era Lucas. De una sola patada, mandó a la sombra al suelo.

La persona voló por el aire un par de metros, pero pareció no sentir dolor; se levantó casi al instante para seguir corriendo.

Lucas se abalanzó sobre ella, la tomó del cuello de la ropa con una sola mano y la estampó contra el piso con violencia.

Sin mostrar ni un ápice de emoción, Lucas le arrancó el cubrebocas de un tirón.

Al revelar el rostro escondido, su expresión se mantuvo imperturbable. —Isabela Campos. Por fin te encuentro.

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