El rostro de Isabela se volvió pálido como el papel bajo la intensa luz de los reflectores.
Su sombrero negro cayó al suelo, y su larga cabellera oscura se agitó con el viento frío, revoloteando como las garras de un demonio.
En sus ojos color ámbar se reflejó el pánico puro mientras sus manos intentaban frenéticamente recuperar el cubrebocas del suelo.
Pero la pesada bota militar negra de Lucas lo pisó. La miró desde arriba mientras ella estaba arrodillada en la tierra, luciendo patética y acorralada.
No dijo ni una sola palabra, pero su mensaje era claro: Ya no tiene caso esconderse.
—¿Cómo es que lo saben?— Los dientes de Isabela castañeteaban de terror. Si Lucas lo sabía, significaba que Sebastián también estaba al tanto.
—Sebastián...
—Fue el propio Señor Correa quien me mandó a interceptarte aquí. ¿Tú qué crees?—, soltó Lucas con voz implacable.
Isabela apoyó las palmas en el suelo, clavando sus dedos con desesperación. Aquel día había llovido en Miramar, por lo que la tierra estaba húmeda. Sus uñas perfectamente cuidadas se llenaron de lodo.
Escuchaba a Lucas atónita. Un zumbido ensordecedor le llenó los oídos y su mente quedó completamente en blanco.
Un terror gélido se apoderó de todo su ser.
—¿Qué estás diciendo...? ¿Cómo es posible que lo sepa? ¡No, él no puede saberlo, es imposible!— Su voz, al principio perdida y temblorosa, terminó en un alarido histérico mientras lo confrontaba.
Lucas levantó una mano, ordenando a sus hombres que acercaran el vehículo.
Con tono monótono, continuó: —El Señor Correa me ordenó revisar las cámaras de seguridad del mercado principal desde todos los ángulos. Resulta que la mujer que asesinó a Flora y la que apuñaló a Mateo no eran la misma persona.



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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Habrá acrualizacion.....