Cuando Valentina despertó, ya estaban entrando al país. Nuevamente, Sebastián la mantenía fuertemente sujeta entre sus brazos.
Al principio intentó resistirse, pero todavía bajo los efectos del alcohol, le fue imposible luchar contra el cansancio físico y volvió a quedarse dormida en poco tiempo.
Sebastián, abrazándola, desató con sus dedos largos el moño del cabello, que ya estaba algo suelto, y ató su propia corbata alrededor de la muñeca de la chica. Su mirada la devoraba sin ninguna restricción.
No importaba cuánto tiempo hubiera pasado; ella seguía siendo la misma joven que, al no encontrar una liga, usaba sus corbatas para recogerse el cabello.
El helicóptero surcaba el cielo oscuro.
En un par de horas llegarían a Miramar.
Sebastián besó su frente una vez más.
Valentina, dormida, apoyó la mejilla contra su pecho y movió los labios inconscientemente. —No molestes...
—Sebas.
El brazo que la envolvía se quedó petrificado.
Frunció el ceño, la apretó un poco más contra él y volvió a besarle la frente y la coronilla.
—No recuerdes nada, Valentina.
El helicóptero aterrizó directamente en el helipuerto de Villa Esmeralda. Sebastián bajó cargándola en brazos.
En la quietud de la noche, Villa Esmeralda estaba en un profundo silencio.
El perro, Capitán, que estaba durmiendo en la casa, escuchó las hélices y salió corriendo. Bajo la luz de la luna, vio el imponente helicóptero negro.
Al reconocer quién era la persona en los brazos de Sebastián, sus ojos se iluminaron y corrió hacia ellos moviendo la cola de un lado a otro frenéticamente.
Sin embargo, justo antes de acercarse a Valentina, Sebastián le clavó una mirada glacial.
El ladrido de alegría que Capitán estaba a punto de soltar murió en su garganta, reduciéndose a un bajo y lastimero gemido.
Capitán miró con curiosidad, siguiendo sigilosamente a Sebastián hacia la casa principal.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Habrá acrualizacion.....